Alan D. Sokal - A Physicist Experiments With Cultural Studies
Trad.: Claudio Uribe.
15 de abril de 1996
Un físico experimenta con los Estudios Culturales
Alan D. Sokal
El cambio de la idea de que importan tanto la evidencia como los hechos por la idea de que todo se reduce a intereses subjetivos y perspectivas es –común sólo en campañas políticas es-tadounidenses– la más prominente y perniciosa manifestación de anti-intelecutalismo de nues-tro tiempo.
Larry Laudan, Science and Relativism (1990)
Durante algunos años me preocupó la aparente declinación de los estándares de rigor intelectual en ciertos círculos dentro de las academias de humanidades de los Estados Unidos de América. Pero no soy más que un físico: si me veo incapaz de constituirme en la cabeza o la cola de la jouissance y la différance, esto sólo refleje, quizá, mi propia incapacidad.
De manera que para evaluar los estándares intelectuales predominantes decidí intentar un experimento modesto (aunque admitidamente no controlado): ¿Publicaría una revista líder norteamericana de estudios culturales –cuyo colectivo editorial incluye luminarias tales como Fredric Jameson y Adrew Ross– un artículo abundantemente sazonado con disparates si (a) sonaba bien y (b) adulaba las preconcepciones ideológicas de los editores?
La respuesta, desafortunadamente, es sí. Los lectores interesados pueden encontrar mi artículo, “Transgrediendo límites: Hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica,” en el número de primavera/verano de 1996 de Social Text, en un número especial de la revista dedicado a la “Guerra de las ciencias”.
¿Qué está sucediendo aquí? ¿Pudieronϕ los editores realmente no haberse dado cuenta que mi artículo fue escrito como una parodia?
En el primer parágrafo me burlé del “dogma impuesto por la prolongada hegemonía de la post-Ilustración sobre la perspectiva intelectual de occidente”:
"...que existe un mundo externo, cuyas propiedades son independientes de cualquier ser humano individual y de la humanidad como un todo; que estas propiedades están codificadas en las “eternas” leyes físicas; y que los seres humanos pueden obtener conocimiento confiable, aunque imperfecto y provisorio, de esas leyes tallando los procedimientos “objetivos” y censura dictadas por el (así llamado) método científico".
¿Es dogma de los Estudios Culturales que no existe el mundo externo? ¿O que existe pero que lo ciencia no puede obtener conocimiento de él?
En el segundo parágrafo declaro, sin la más mínima evidencia o argumento, que la «realidad» física [notar la cita de alarma]… es, en el fondo, una construcción social y lingüística y social.” No nuestras teorías de la realidad física, advierta, sino la realidad misma. Ahora bien, quien crea que las leyes de la física son simples convenciones sociales está invitado a tratar de infringir dichas convenciones desde las ventanas de mi departamento. (Vivo en un piso veintiuno.)
A lo largo de todo el artículo empleo conceptos científicos y matemáticos de forma que pocos científicos o matemáticos podrían posiblemente tomarlos en serio. Por ejemplo, sugiero que el “campo morfogenético” –una bizarra idea de la New Age debida a Rupert Sheldrake– constituye un punto de inflexión en la gravedad cuántica. Esta conexión es invención pura; ni siquiera Sheldrake hace tal afirmación. Afirmo que las especulaciones psicoanalíticas de Lacan fueron confirmadas por trabajos recientes de la teoría de campos cuánticos. Incluso los lectores no científicos bien podrían preguntarse en el nombre de los cielos que tienen que ver la teoría cuántica de campos con el psicoanálisis; ciertamente mi artículo no ofrece argumentos razonados que soporten tal vínculo.
Luego propongo en el artículo que el axioma de igualdad en la teoría matemática de conjuntos es de alguna manera análoga al concepto homónimo en la política feminista. En realidad, todo lo que dicen los axiomas de igualdad es que dos conjuntos son idénticos si, y sólo si, ellos tienen los mimos elementos. Aún los lectores sin entrenamiento matemático podrían ponerse suspicaces con la afirmación de que el axioma de igualdad refleja los “orígenes liberales del siglo XIX” de la teoría de conjuntos.
En suma, escribí el artículo intencionalmente de manera que cualquier físico o matemático competente (o estudiante) pudiera darse cuenta que se trataba de un engaño. Evidentemente los editores de Social Text se sintieron cómodos publicando un artículo sobre física cuántica sin molestarse en consultar a nadie instruido en el tema.
La extravagancia fundamental de mi artículo reside, sin embargo, no en sus numerosos errores sino en lo sospechoso de su tesis central y en los “razonamientos” aducidos para sostenerla. Básicamente, afirmé que la gravedad cuántica –la todavía especulativa teoría del espacio y el tiempo sobre escalas de una millonésima de una billonésima de billonésima parte de un centímetro– tiene profundas implicaciones políticas (las que, por supuesto, son “progresistas”). En apoyo de esta improbable proposición, procedí como sigue:
Primero, cité algunas declaraciones filosóficas polémicas de Heisenberg y Bohr, y aseguré (sin argumentos) que la física cuántica está en profunda consonancia con la “epistemología posmodernista”. Luego, hice una mezcolanza –Derrida y relatividad general, Lacan y topología, Irigaray y gravedad cuántica– ligada por una vaga retórica acerca de “no-linealidad”, “flujo” e “interconexionabilidad”. Finalmente, salté (nuevamente sin argumentos) a la afirmación de que la “ciencia posmoderna” abolió el concepto de realidad objetiva. En ninguna parte hay alguna línea que semeje una secuencia lógica de pensamiento; uno sólo encuentra citas de autoridad, juegos de palabras, retorcidas analogías y aseveraciones sin tapujos.
En las conclusiones, mi artículo se hace especialmente descarado. Habiendo abolido la realidad como una limitación sobre la ciencia, aprovecho para sugerir (otra vez sin argumentos) que la ciencia, para ser “liberadora”, debe estar subordinada a políticas estratégicas. Finalizo el artículo observando que “una ciencia liberadora no puede ser completa sin una profunda revisión de los cánones de las matemáticas.” Podemos ver insinuaciones de una “matemática emancipadora”, sugiero, “en la lógica multidimensional y no lineal de la teoría de sistemas borrosos; pero este enfoque todavía está fuertemente marcado por sus orígenes en la crisis de las relaciones de producción del último capitalismo.” Agrego que la “teoría de catástrofes, con su énfasis dialectales sobre suavidad/discontinuidad y metamorfosis/desdoblamiento, indudablemente desarrollará una función principal en las matemáticas futuras; pero antes debe hacerse mucho trabajo teórico antes que esta perspectiva puede transformarse en una herramienta concreta de la praxis política progresista.”
No se puede entender que los editores de Social Text fueran incapaces de evaluar críticamente los aspectos técnicos de mi artículo (y es exactamente este el motivo por el cual ellos deberían haber consultado a un científico). Lo que es más sorprendente es cómo aceptaron con facilidad mi inferencia de que la búsqueda de la verdad en ciencia debe estar subordinada a una agenda política, y cuan descuidados fueron ante la falta de lógica global del artículo.
Sugiero que el siguiente parágrafo comience con tipografía grande
–se trata de una transición natural
¿Por qué lo hice? Aunque mi método fue satírico, mi motivación es totalmente seria. Lo que me importa es la proliferación, no sólo del sinsentido y del pensamiento chapucero perse, sino de pensamientos disparatados y chapuceros de un tipo particular: el que niega la existencia de realidades objetivas, o (cuando se lo objeta) el que admite su existencia pero minimiza su relevancia práctica. En el mejor de los casos, una revista como Social Text suscita importantes cuestiones que ningún científico debería ignorar –problemas, por ejemplo, acerca de cómo las corporaciones y el financiamiento gubernamental influyen sobre el trabajo científico. Desafortunadamente, el relativismo epistémico hace poco por llevar más allá la discusión de estos asuntos.
En resumen, mi interés sobre la difusión del pensamiento subjetivista es tanto intelectual como político. Intelectualmente, el problema con tales doctrinas es que son falsas (cuando no carecen de significado). Hay un mundo real; sus propiedades no son simplemente construcciones sociales; los hechos y la evidencia sí importan. ¿Qué persona cuerda podría sostener lo contrario? Y, sin embargo, gran parte de la teorización contemporánea está precisamente compuesta de intentos de oscurecer estas verdades obvias –cuya absoluta ridiculez se oculta detrás de un lenguaje oscuro y pretencioso.
La aceptación por parte de Social Text de mi artículo ejemplifica la arrogancia intelectual de la Teoría –en el sentido posmoderno de teoría literaria– llevada a su extremo lógico. No es de extrañar que no se molestaran en consultar a un físico. Si todo es discurso y “texto”, entonces el conocimiento del mundo real es superfluo; incluso la física se transforma en otra rama de los Estudios Culturales. Si, además, todo es retórica y “juegos de lenguaje”, entonces la consistencia lógica interna también es superflua: una pátina de sofisticación teórica sirve igualmente bien. La incomprensión se hace virtud; alusiones, metáforas y juegos de palabras sustituyen la evidencia y la lógica. Mi propio artículo es, de alguna manera, un ejemplo extremadamente modesto de este género bien establecido.
Políticamente, estoy molesto porque muchos (aunque no todos) de estos ridículos disparates emanan de la auto-proclamada izquierda. Atestiguamos aquí una profunda retractación histórica. La mayor parte de los últimos dos siglos, la izquierda se identificó con la ciencia y contra el oscurantismo; creíamos que el pensamiento racional y el análisis audaz de la realidad objetiva (tanto natural como social) eran herramientas penetrantes para combatir la mistificación fomentada desde el poder –por no decir que eran fines humanos deseables por si mismos. La vuelta actual de muchos humanistas académicos y científicos “progresistas” o “izquierdistas” hacia una u otra forma de relativismo epistémico traiciona esta digna herencia y socava la ya frágil perspectiva de crítica social progresista. La teorización acerca de “la construcción social de la realidad” no nos ayuda a encontrar un tratamiento efectivo contra el SIDA o a idear estrategias para prevenir el calentamiento global. Ni tampoco podemos combatir falsas ideas en historia, sociología, economía o política si rechaza-mos las nociones de verdad y falsedad.
Los resultados de mi pequeño experimento demuestran, como mínimo, que algunos sectores de moda de la izquierda académica estadounidense se han vuelto intelectualmente perezosos. A los editores de Social Text les gustó mi artículo porque les gustó su conclusión: que “el contenido y la metodología de la ciencia posmoderna proporciona un poderoso soporte intelectual para el proyecto político progresista”. Aparentemente, no sintieron necesidad de analizar la calidad de la evidencia, la validez lógica de los argumentos o, incluso, la relevancia de los argumentos a la supuesta conclusión.
Por supuesto, soy consciente de los puntos éticos implicados en mi muy poco ortodoxo experimento. Las comunidades profesionales funcionan en gran parte gracias a la confianza; el engaño socava esa confianza. Pero es importante entender exactamente que hice. Mi artículo es un ensayo teórico basado enteramente en fuentes públicamente disponibles, que he citado meticulosamente. Todos los trabajos citados son reales, y todas las citas son rigurosamente precisas; ninguna es inventada. Ahora, es cierto que el autor no cree en su propio argumento. ¿Pero esto debería importar? La obligación de los editores como eruditos es juzgar la validez e interés de las ideas, sin importar su origen. (Este es el motivo por el que muchas publicaciones eruditas practican el referato anónimo.) Si los editores de Social Text encontraron mis argumentos convincentes, entonces ¿Por qué deberían estar desconcertados simplemente porque yo no? ¿O son ellos más respetuosos de la llamada “autoridad cultural de la tecnociencia” de lo que pudieran admitir?
Finalmente, recurrí a la parodia por una razón pragmática simple. Los objetivos de mi crítica se han transformado por ahora en una auto-perpetuada subcultura académica que típicamente ignora (o desdeña) la crítica razonada desde el exterior. En tal situación, se necesitaba de una demostración más directa de los estándares intelectuales de la subcultura. Pero cómo puede uno demostrar que el emperador no tiene ropa? La sátira es con mucho la mejor arma; y el revés que no puede ignorarse es el auto-infligido. Ofrecí a los editores de Social Text una oportunidad de demostrar su rigor intelectual. ¿Ellos pasaron la prueba? Pienso que no lo hicieron.
No digo esto con regocijo sino con tristeza. Después de todo, también soy un izquierdista (bajo el gobierno sandinista enseñé matemáticas en la Universidad Nacional de Nicaragua). En casi todos los asuntos políticos prácticos –incluyendo muchos concernientes a la ciencia y la tecnología– estoy del mismo lado que los editores de Social Text. Pero soy un izquierdista (y feminista) a causa de la evidencia y la lógica, no a pesar de ella. ¿Por qué debería permitírsele al ala derecha que monopolice los altos fundamentos intelectuales?
¿Y por qué debería la estupidez auto-indulgente –cualquiera sea la orientación política que la profese– elogiarse como la cumbre de los logros intelectuales?
Alan Sokal es profesor de física de la Universidad de Nueva York. Es co-autor con Roberto Fernández y Jürg Fröhlich de Caminantes aleatorios, Fenómenos críticos y Trivialidades en la Teoría Cuántica de Campos (Springer, 1992), y co-autor con Jean Bricmont de Les impostures scientifiques des philosophes (post-)modernes.
Recuadro: Extracto del artículo
De esta manera, la relatividad general nos impone nociones radicalmente nuevas y contra-intuitivas del espacio, el tiempo y la causalidad; así que no es sorprendente que haya tenido un pro-fundo impacto no sólo sobre las ciencias naturales, sino también sobre la filosofía, la crítica literaria y las ciencias humanas. Por ejemplo, en un celebrado simposio de hace sobre Les Langages Criti-ques et les Sciences de l´Homme, Jean Hyppolite resucito una incisiva pregunta acerca de la teoría de Jacques Derrida de la estructura y el signo en el discurso científico… La respuesta perceptiva de Derrida fue al corazón de la relatividad general clásica:
La constante de Einstein no es una constante, no es un centro. Es el concepto mismo de va-riabilidad –este es, al fin, el concepto de juego. En otras palabras, no es el concepto de cosa al-guna –de un centro partiendo desde el cual un observador podría dominar el campo –sino el mismo concepto del juego…
En términos matemáticos, la observación de Derrida se relaciona a la invariancia de la ecuación de campo de Einstein Gmν = 8πGTμν bajo un difeomorfismo espacio-temporal no lineal (auto-representación de la variedad espacio-tiempo que es infinitamente diferenciable pero no necesaria-mente analítica). El punto clave es que este grupo de invariancia “actúa transitivamente”: esto signi-fica que cualquier punto del espacio tiempo, si existe, puede transformarse en otro cualquiera. De esta forma el grupo de invariancia de dimensión infinita erosiona la distinción entre observador y observado; el π de Euclides y la G de Newton, pensadas formalmente como constantes y universa-les, se ven ahora en su ineluctable historicidad; y los supuestos observadores se convierten en fa-talmente de-centrados, desconectados de cualquier vínculo a un punto del espacio-tiempo que ya no puede ser exclusivamente definido por la geometría.
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