Mostrando entradas con la etiqueta Cuestiones de lógica Historia y Filosofía de la ciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuestiones de lógica Historia y Filosofía de la ciencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de marzo de 2014

La prueba diabólica

La prueba diabólica (en latín, probatio diabolica) o prueba inquisitorial es una expresión del ámbito del Derecho que describe la práctica de exigir una prueba imposible. En una probatio diabolica el interpelado deberá, por ejemplo, demostrar que algo no ha ocurrido, la inexistencia de algo, o su propia inocencia en un proceso judicial, cuando lo correcto según el Derecho moderno es que la «carga de la prueba» corresponde a quien ha de probar la existencia de algo, o probar la culpabilidad. 

Los procedimientos judiciales de la Inquisición (como cualquier otro en el Antiguo Régimen) no respetaban la presunción de inocencia y solían incurrir en absurdos lógicos de los que los acusados no podían salir (por ejemplo: si confiesas, eres culpable; si no confiesas, ni aun bajo tortura, es que el diablo te ha dado fuerzas para soportarla, y por tanto eres también culpable).

Un ejemplo de prueba diabólica sería pedirle a alguien que demuestre que no existen los extraterrestres. Si bien, hipotéticamente, sería posible demostrar la existencia de vida no terrestre (bastaría con mostrar un caso empíricamente contrastable), no es fácticamente posible demostrar su inexistencia. Probar la inexistencia (de culpa o de cualquier otra cosa) es también un imposible lógico, que alimenta en muchos casos la pervivencia de creencias como el fenómeno ovni, la teoría de la conspiración, etc. 

"Certificar lo que no-es como prueba de hechos negativos, en caso de que sea posible, obliga a la exhaustividad heurística comprobando pericialmente todas las posibilidades positivas de lo que sí es, o de lo que sí puede ser, o bien a razonamientos probatorios indirectos por reducción al absurdo, o a la prueba por casos. Es relativamente fácil probar lo que sí es y algo más difícil probar lo que sí fue, pero resulta metafísicamente imposible, sólo por prueba directa, la certificación de lo que no es, y más imposible aún si cabe, llegar a la certeza de lo que no fue, salvo en casos con coartadas excepcionalmente sólidas o absurdos lógicos incontrovertibles.

Por su naturaleza jurídica y racionalmente perversa, este tipo de prueba es rechazada por los tribunales modernos sujetos al Estado de Derecho y a los procedimientos garantistas, pues supone una inversión del onus probandi o carga de la prueba. Por extensión, es también excluida de cualquier procedimiento racional de prueba.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Johann Gustav Droysen


















(Treptow an der Rega, Pomerania, 1808-Berlín, 1884) Filólogo, historiador y político alemán. Propugnó la unificación de Alemania y el papel directivo que debía tener Prusia. En 1848 fue elegido miembro del Parlamento de Frankfurt. Su obra más importante es Historia de la política prusiana, en 14 volúmenes (1855-1886), que dejó inacabada. Fundador de la llamada escuela histórica prusiana, Droysen, que fue uno de los fundadores de aquel pangermanismo cultural que fue llevado a su máxima expresión por Treitschke, sostuvo siempre la superioridad de Prusia sobre todos los pueblos de raza germánica, sentando las bases históricas sobre las cuales Bismarck orientó su política hegemónica. Su Historia de la política prusiana constituye un colosal monumento a la gloria del Estado prusiano, personificado en la monarquía de la casa de Brandeburgo; esta grandiosa obra sigue el desarrollo de la monarquía prusiana desde los orígenes hasta el 1756, o sea hasta los comienzos de la guerra de los Siete Años, que elevó a Prusia al rango de gran potencia continental europea.  
A pesar de los resultados de las más recientes investigaciones y los nuevos horizontes abiertos a la historiografía, las páginas de Droysen mantienen todo su valor por la cantidad del material recogido y por su sabia distribución. El autor manifestó una sobresaliente personalidad de historiador y de creador y una rara capacidad para poner de relieve el conjunto de las fuerzas internas e invisibles que elaboran la historia. Sin embargo, intentando demostrar su tesis, Droysen se aparta del terreno puramente objetivo para penetrar en el de la polémica; por ejemplo, aparece demasiado acentuada la tendencia a glorificar en todo momento el éxito, independientemente de todo juicio moral. De este defecto se resiente toda la obra porque, siendo difícil admitir que el estado prusiano poseyera desde los comienzos la inmutable y constante aspiración de reunir todos los pueblos germánicos bajo la guía de los Hohenzollern de Brandeburgo, Droysen, para confirmar su tesis, se ve obligado muchas veces a forzar los hechos que había acumulado y sabiamente dilucidado. Antes de la Historia de la política prusiana, Droysen había destacado como eximio historiador con otro ambicioso trabajo, la Historia del helenismo. El autor se propuso una obra de mayor envergadura que finalmente constó de tres partes, aparecidas por separado: La historia de Alejandro Magno (1833); la Historia de los sucesores de Alejandro (1836) y la Historia de la constitución de los reinos helenísticos(1843); cada una de estas partes, muy revisadas, fueron posteriormente reunidas y publicadas bajo el título de Historia del Helenismo, publicada en 1877-78, en Gotha. Droysen fue el primer historiador que utilizó el término "helenismo" para designar la nueva forma de cultura que, después de las conquistas de Alejandro Magno, floreció en gran parte del mundo conocido: una cultura que es fundamentalmente la cultura griega, pero que al entrar en contacto con otros pueblos, absorbió ciertas características de sus culturas, transformándose y convirtiéndose de griega en universal. Droysen reconoció y caracterizó la función histórica de este período, que no es visto como expresión de la decadencia griega sino como la aparición y el florecimiento de una nueva fase histórica, esencialmente diversa pero igualmente gloriosa y significativa; no como el final sino como la expansión del genio helénico, gracias a la fusión de la cultura griega y la occidental. Partiendo de este punto de vista, el juicio de Droysen sobre Alejandro Magno, cuya actividad determinó principalmente la fisonomía de esta época, no podía ser sino admirativo. Droysen ensalza al macedonio, tratando de justificar incluso los aspectos menos admirables de su carácter y de su acción, sea desde un punto de vista histórico, sea de un punto de vista humano. Ante todo, como es natural, celebra la fusión entre griegos y bárbaros preconizada por Alejandro, que aunque pudiera parecer como una negación de los fines por los que Macedonia había declarado la guerra a Persia, fue también la premisa necesaria para que surgiera la nueva civilización, al extenderse el espíritu griego por el mundo. El segundo volumen comprende la historia del imperio de Alejandro, desde la muerte del héroe (323) hasta la ocupación de Macedonia por Antígono y el fin de la invasión celta (277). Es una era de luchas y agitaciones que Droysen trata de interpretar, considerándolas como el desarrollo de las fuerzas negativas que habían de surgir necesariamente de la gran obra de Alejandro, como la antistrofa de la época del gran rey, según definición del propio Droysen. Alejandro se había propuesto como fin último lograr la fusión entre Oriente y Occidente en una monarquía de tipo oriental. Pero la reacción opera naturalmente en sentido contrario con la descomposición del Imperio macedonio, a pesar de las tentativas que para impedirla realizaron en primer término Perdicas y después Polisperconte en Occidente y Eumeno en Oriente. Se intentan todas las soluciones, pero en vano, y se llega a la formación de los diversos reinos helenísticos. El tercer volumen comienza con un amplio resumen en el que se examina la marcha de la cultura en las dos márgenes del mar Egeo, después de lo cual se reemprende el tema original. Mientras Macedonia y Tesalia están agitadas por luchas sin fin, por la peste y por la invasión celta, salen a la luz nuevos elementos históricos: en Grecia, la liga etólica y la liga aquea; en Occidente, Cartago, el estado mercantil, y Roma, el estado agrario. El antagonismo entre estas tres grandes potencias permite la formación y existencia de los pequeños estados, que viven una vida de tensión y descontento, preparando así el terreno para la conquista romana. Con esta conquista se iniciará una nueva serie de luchas movidas por las ideas religiosas entre el monoteísmo y el politeísmo, que terminará con la victoria del monoteísmo, si bien se trata de un monoteísmo que, con el Cristianismo, renuncia a su primitivo carácter nacionalista para asumir el carácter de universalidad. 

La historia de Droysen está desarrollada claramente, de acuerdo con el principio de la dialéctica hegeliana; los acontecimientos están generalmente vistos a la luz de las causas finales a que tienden. Droysen está dotado de una excepcional facultad de abstracción y de captación de una línea esencial en la complejidad de los hechos, así como de visión de las causas motrices por encima de las apariencias superficiales de los acontecimientos; la consecuencia es que su obra, más que una historia de acontecimientos, aparece como una historia de ideas. Esta facultad de síntesis y de aclaración destaca, sobre todo, en la historia de los sucesores de Alejandro, período histórico complicadísimo en sí y del que, por añadidura, disponíamos de testimonios muy incompletos y desligados. Droysen hizo de los acontecimientos de este período un movimiento complejo, pero inteligible, que se desenvuelve de acuerdo con una línea lógica y bien precisa de desarrollo. Paralela a esta actitud suya, es característica la manera con que Droysen concibe la historia según otra tendencia: la de ver en los acontecimientos el sello de una voluntad superior que los guía hacia un fin determinado. Se comprende así cómo Droysen se sintió atraído, antes que por otro tema, por el período de Alejandro Magno, en el que cabe ver tal voluntad mejor que en cualquier otro momento de la historia. En cuanto al valor de Droysen como escritor, posee un estilo rápido, tenso, en el que a veces se trasluce el esfuerzo para expresar del modo más claro ideas que por sí mismas resultarían bastante complicadas: un estilo casi atormentado, más de pensador que de narrador, pero que, precisamente por su densidad, presenta con frecuencia una particular eficacia. El modo de perfilar los caracteres resulta vivísimo, tal vez superior al que desearíamos hoy para una obra histórica. Y si es cierto que en la actualidad puede afirmarse que las ideas y su método se hallan en parte superados, nadie puede negar la importancia que estos volúmenes (y especialmente el primero, que todavía es el más vivo) han tenido para nuestro conocimiento del mundo antiguo.


"Droysen no pertenecía directamente a la escuela de Heinrich von Sybel y Heinrich von Treitschke, entendía la misión de la historiología en un sentido matizado. Droysen rechaza completamente la pretensión de Leopold von Ranke por la objetividad en la historiografía. Para él también la historia tenía que ejercer una función educativa para el estado. Como teórico de la historia, Droysen sentó las bases de la metodología de la historiología moderna. El método crítico con las fuentes, que tuvo gran influencia en la historiografía, se remonta a Droysen y Barthold Georg Niebuhr. Entre los discípulos más importantes de Droysen se encuentra Friedrich Meinecke. Su hijo Gustav Droysen fue igualmente profesor de historia y llevó a cabo significativas investigaciones sobre la historia de la Guerra de los Treinta Años" wikipedia.

Leopoldo von Ranke El positivismo en Historia

Leopold von Ranke (21 de diciembre de 1795 - 23 de mayo de 1886), historiador alemán, uno de los más importantes historiadores del siglo XIX y considerado comúnmente como el padre de la historia científica. Leopold von Ranke en 1877. 
Leopold von Ranke nació en Wiehe, en aquel entonces del reino de Prusia, hoy Unstrut, del estado de Thuringia, Alemania. Ranke fue educado en casa y en el Instituto de Schulpforta. Aún siendo un niño demostró un fuerte interés en las culturas clásicas, lo que lo llevó a perfeccionar el griego y el latín. En 1814, Ranke entra a la Universidad de Leipzig, donde se concentró en Estudios Clásicos y Teología, influenciado fuertemente por la Iglesia Luterana. En Leipzig, se convierte en experto en filología y comienza a traducir los textos de clásicos autores del latín.
 Las circunstancias que le llevan a la Historia son personales. Se despierta su interés por las novelas históricas de Walter Scott, inventor de este género. Scott escribe Waverley en 1814, al final de las Guerras Napoleónicas. La historia en esta obra no es el telón de fondo, sino la protagonista. El novelista intenta recrear el pasado, reconstruyendo el conflicto entre ingleses y escoceses. Este género caló mucho y fue imitado, teniendo muchos éxitos. Ranke lee estas novelas y se queda fascinado, y se le ocurre leer cosas del pasado real, para saber si el pasado era realmente así, descubriéndolo para sí aún más fascinante. 
 La obra de Barthold Georg Niebuhr, 1776-1831, inspiró a Ranke, ya que fue el inventor de lo que Ranke posteriormente hizo. Llevó a cabo la reforma agraria en Prusia, ya que este país se encontraba en un sistema feudal y él lo condujo hasta una modernización, Barthold Georg Niebuhr es el encargado de realizarla, en su solución se interesa por la historia e intenta averiguar como se lleva a cabo la reforma agraria romana, para luego aplicarla a la suya y también analiza las reformas, por lo que acude a los historiadores romanos (Tito Livio) llegando a la conclusión de que este método no era fiable, por lo que acude a los documentos contemporáneos, y aplicándoles el método filológico. Como consecuencia de este estudio escribe una historia romana, en la que lo primero que intenta es reconstruir lo que ocurrió basándose en documentos de la época, pero, aunque no poseía las mismas cualidades historiográficas de Ranke, su labor inaugura el método que Ranke va a llevar a su máximo esplendor en fechas posteriores. 

Historia historietica

En el año 1824 Ranke publica Historia de los Pueblos Romanos y Germánicos (1.494-1.514). Este es el primer libro del tipo de historia historicista, y va a incluir el programa ideológico de esa nueva historia, el contenido analiza un conflicto entre la monarquía francesa y la española por los territorios de Italia, la tesis de Ranke es que Europa surge como el conflicto entre los pueblos románicos y los germánicos. Lo importante del libro es el método, el enfoque que da al asunto. Por eso publica un apéndice donde expone sus métodos, a la vez que critica a los autores anteriores que habían escrito sobre esa historia, por ejemplo a Francesco Guicciardini, que en su Historia de Florencia hace algo que es insostenible, que es recurrir a la novela, ya que Ranke cree que hay que acudir a los documentos para saber con seguridad lo que había ocurrido (Ranke se basa para este libro en los informes de los embajadores venecianos). Ranke obtiene un reconocimiento inmediato y es nombrado para ocupar la cátedra de la universidad de Berlín y se le considera como el gran maestro de la Historia de Alemania y servirá como punto de referencia para todo el mundo; sus obras completas abarcan 54 volúmenes y en ellas habla de la historia de Prusia, de Inglaterra y de los Papas, pero no escribe una historia universal, Ranke lleva a cabo una enseñanza partiendo del método de los seminarios, en los que adoctrina historiadores que trabajan codo con codo bajo el maestrazgo de Ranke. Era para la mentalidad epistemológica de la época Alemania un centro obligado de formación histórica. 

 Postulados de Ranke

No debe existir una teoría histórica, con esquemas previos que imponga sobre el pasado, como se hacía anteriormente. Ranke dice que sea el pasado el que hable, el historiador no tiene boca. Pone de manifiesto un método: el filológico, que consiste en el recurso a los documentos. Su historia tiene un componente religioso, Ranke fue un hombre al que le interesaba la historia porque creía que era un vehículo para encontrar a Dios (consideraba que tenía una presencia en la historia a la manera cristiana, que diera sentido a ésta). Ranke cree que Dios está en los propios hechos de la historia siempre y cuando se deja hablar a la propia historia, la historia es una especie de jeroglífico divino que si se reconstruye se puede ver la presencia divina en la historia. 

Ranke puso énfasis en la narración histórica, introduciendo ideas como la confianza en fuentes primarias, un énfasis en la historia narrativa y especialmente política e internacional (Aussenpolitik), y un compromiso para escribir historia "como realmente fue" (wie es eigentlich gewesen ist). Empezando con su primer libro, la Historia de los pueblos latinos y germánicos de 1494 a 1514, Ranke hizo un uso extraordinariamente amplio de fuentes para un historiador de la época, incluyendo "memorias, diarios, cartas, las expediciones diplomáticas y de testimonios de primera mano de testigos oculares". En este sentido se apoyó en las tradiciones de Filología, pero dio énfasis a documentos mundanos en lugar de la literatura vieja y exótica. En 1834-36 publica Historia de los Papas, un valioso estudio del Papado y sus representantes en la Edad Moderna, desde el siglo XV a la primera mitad del XIX. Considerada en extremo crítica y sustancialmente escéptica, fue contestada ampliamente desde la historiografía católica del momento, en especial por el historiador Ludwig von Pastor y su monumental "Historia de los Papas desde fines de la edad media". En el centro de su método, Ranke no creyó en las teorías generales que pudieran cortar el tiempo y espacio. En cambio, habló de que la aproximación al tiempo histórico se hacía por fuentes primarias. Sobre la posibilidad de leyes que dirigieran la historia, dijo no saber de ellas y que prefería quedarse con un “empirismo de tonto”.[cita requerida]


 Bjerg, Mariía. 2009. La historia tradicional. Curso Metodología de la Historia. Quilmes,

Pero dejemos por ahora en suspenso estos problemas y pasemos a una caracterización del paradigma tradicional (o historicista) cuya formulación, como ustedes saben, se debe al historiador alemán Leopold Von Ranke quien inaugura una larga época de imperialismo de la historia política y de la historiografía alemana. Como veremos, pocas voces dejarían oír sus reclamos durante el siglo XIX por una historia social, por una historia que diese cuenta de las interacciones de lo político con los económico y lo cultural, por una historia que incluyera a aquellos que, en palabras de Michelet, “sufrieron, trabajaron, decayeron y murieron sin ser capaces de describir sus sufrimientos”.

En primer lugar, las formulaciones de Ranke sientan las bases de la profesionalización del trabajo histórico, entre otras razones porque una de las preocupaciones centrales del historiador alemán fue el establecimiento de un método científico y junto a esto la importancia que le atribuyó  a las fuentes contenidas en archivos oficiales, así como a la creación de medios de difusión de los resultados de la historia académica. De esta época datan  publicaciones profesionales como Historische Zeitschrift (1856)  y sus similares francesa Revue Historique (de los años 1870) e inglesa, English Historical Review de mediados de los años 1880.

La historia tal como la concebía Ranke y luego lo harían sus discípulos y seguidores, era una disciplina que utilizando un método y en base a fuentes oficiales:

  1. Se ocupaba esencialmente de la política. El aserto de John Seeley, un profesor de la universidad de Cambridge daba cuenta del excluyente interés de  los historiadores académicos del siglo XIX al decir que: “la Historia es el pasado de la política y la política es la historia del presente”.

  1. Describía personas y acontecimientos que tuvieron lugar y que existieron y no prestaba atención al análisis de estructuras y problemas (como luego iba a hacerlo la “nueva historia” encarnada, entre otros movimientos,  en Annales).

  1. La exposición seguía las acciones en una sucesión diacrónica y conocía un tiempo unidimensional en el que los sucesos posteriores seguían a los anteriores.

  1. Las acciones humanas plasmadas en el relato reflejaban la intencionalidad de los actores.

  1. Los tópicos más importantes eran los hechos políticos y diplomáticos y los grandes hombres de poder. Al resto de los mortales les era concedido un lugar menor en el gran drama de la historia.

  1. El Estado  era el protagonista  del relato.

  1. Había un dominio de la historia nacional.

  1. La historia era entendida como  una disciplina objetiva que exponía los hechos “tal como ocurrieron”

Uno de los problemas a los que debemos prestar atención es la forma en que el paradigma tradicional concebía al tiempo. Por un lado, la historia tenía continuidad y eventualmente demostraba  progreso y evolución. De esa suerte, la historia era equiparada en el siglo XIX con el desarrollo de los estados-nación europeos y con el irremediable progreso de la cultura, la ciencia, la técnica y la razón ilustrada. Como afirmaba Ranke, India o la China, por ejemplo, no tenían historia puesto que ésta era sólo un  atributo de los pueblos civilizados. La historia era un desarrollo lleno de sentido en el que los valores burgueses del sometimiento de la naturaleza por medio de la razón y de la ciencia se realizaban en beneficio de la humanidad.  Entonces, el tiempo era  un continuo que daba cuenta de la evolución y que tenía una sola y única dimensión. Si estos postulados (o axiomas) podían sostenerse en el siglo XIX, en la época del auge del capitalismo, de la expansión imperialista y de un mundo que parecía girar en derredor de Europa y de los valores europeos, la guerra y la crisis de posguerra iban a crear una inmensa pared contra la que los axiomas rankeanos chocarían irremediablemente. Se rompería así el principio de la evolución, de la razón ilustrada y del eurocentrismo asestando un  golpe durísimo a esta concepción tradicional de la historia.

Otra de las preocupaciones de los historiadores tradicionales (que alejaba a la historia del relato literario) era establecer el carácter científico de la disciplina y darle a la crítica de fuentes un lugar central en el método. En este sentido, aunque se ocupaban de la narración, la preocupación de los historicistas era separar a los campos histórico y literario puesto que la historia era una ciencia y su principal preocupación debía ser el método y las técnicas vinculadas a la crítica de documentos que le permitieran alcanzar un “conocimiento verdadero”. Esta posición redundaba, como dice Chartier, en “una epistemología de la coincidencia” puesto que la realidad coincidía con el relato de los  hechos que a su vez daban cuenta de la intencionalidad de los actores. Los historiadores plasmaban (no representaban) el pasado en sus obras.

Cuando esa epistemología de la coincidencia fue puesta en tela de juicio, cuando comenzó a advertirse que había una brecha entre el pasado y su representación, la discusión sobre la narrativa, sobre el relato cobró preeminencia. Pero este será un tema que retomaremos un poco más adelante, después de haber repasado las reacciones contra el historicismo y  los cambios que al quehacer historiográfico trajeron los movimientos de Annales y la historia social radical británica.
 (1)

RANKE Y EL HISTORICISMO ALEMÁN
En este trabajo nos proponemos exponer el contexto histórico, social y
filosófico que caracterizó la aparición de la llamada corriente historicista, también
conocida como escuela científica alemana. Expondremos sus principales
principios teóricos y metodológicos, su concepción de la historia y de sus actores.
Para este propósito nos basaremos en dos personajes representativos de dicha
corriente, Guillermo von Humboldt y su alumno Leopoldo van Ranke, considerado
como el máximo exponente del historicismo. Finalmente analizaremos las
principales contribuciones del historicismo al quehacer del historiador, así como
las criticas más comunes de que ha sido objeto.
Los historiadores alemanes de principios del siglo XIX tenían dos problemas
fundamentales sobre la orientación que deberían de tomar sus trabajos, por una
parte aspiraban a contribuir a la unificación política alemana, ya que dicha nación
era un caos de estados, ciudades libres y feudos, por la otra, se pretendía
modernizar al país pero sin correr los riesgos revolucionarios que habían sufrido
otras naciones después de la Revolución Francesa (Fontana 2001: 164). El
camino que los historiadores tomaron para enfrentar estos problemas fue muy
claro: el nacionalismo.
Desde un punto de vista filosófico estos historiadores tenían otro objetivo:
convertir a la historia en una ciencia verdadera. De hecho, su movimiento fue una
reacción contra los filósofos (Hegel en particular) que sin fuentes verdaderas y con
la selección de unos cuantos hechos parecían confirmar sus ideas, haciendo
interpretaciones del pasado. Los historiadores decidieron definir y delimitar su
campo de trabajo, a la manera de las ciencias naturales (Vázquez 1973: 127).
Había que conseguir una verdad científica, de validez universal.
Se puede decir que los precursores de esta escuela, o quienes fueron los
primeros en plantear los problemas que después otros desarrollarían, fueron los
profesores de la Universidad Alemana de Gotinga (en 1737), quienes afirmaron
que los hechos no son la historia misma, sino que precisamente era la tarea del
historiador ordenar la masa caótica de los materiales históricos. Tenían claro que
era necesario ir más allá de las biografías de los reyes o de la cronologías de los
reinos, las guerras y la batallas; sostenían que cualquier tipo de trabajo histórico
implica una selección, y sostenían que la perspectiva del historiador define los
diferentes aspectos de su verdad. No obstante, estos pioneros fueron a la vez
modernos y conservadores: modernos por equilibrar el análisis político y social con
la narración de los hechos, conservadores por no integrar a sus narraciones la
información demográfica, económica y geográfica que tenían a su alcance
(Corcuera 1997: 115-116).
De Gotinga el núcleo de la corriente historiográfica pasó a Berlín, donde la
corriente comienza a ser conocida como historicismo. Un rasgo que la define es su
rechazo del universalismo de la Ilustración, rechazando la construcción apriorística
del mundo, la comprensión de los acontecimientos no se consigue con la filosofía
especulativa, sino con la investigación histórica (Fontana 2001: 167; Corcuera
1997: 117).
La historia no había de ocuparse de estadios de desarrollo social ni de
“siglos”, sino de las naciones consideradas orgánicamente, los hechos que
estudiase el historiador habían de analizarse individualmente, en el contexto
nacional, sin buscar leyes o regularidades generales que los explicasen (Fontana
2001: 167).
El pionero de estas ideas fue Guillermo von Humboldt, quien en su afán de
lograr una historia científica reunió el método de la crítica filológica y una rama del
pensamiento romántico fundada por él mismo, la ideología histórica. La crítica
filológica consistía en un análisis formal de la fuente para decidir las partes
utilizables, una crítica de la fuente para encontrar los hilos del pensamiento del
autor que nos daría la clave de su interpretación y quitarle los datos parciales. La
ideóloga histórica consistía en ver la historia como un proceso movido por grandes
ideas, detrás de cada transformación histórica había un movimiento ideológico,
veía en las grandes personalidades la representación viva de las ideas (Vázquez
1973: 128).
Así, Humboldt estableció los tres ejes teóricos de la historiografía alemana
durante el siglo XIX: a) la naturaleza del pensamiento histórico, diferenciando los
fenómenos de la naturaleza de los de la historia, estos últimos incluyen los actos
humanos que son únicos e irrepetibles y se caracterizan por su intencionalidad y
voluntariedad; b) el carácter del poder político, del Estado y de la sociedad, la
historia debe centrarse en los conflictos entre los grandes poderes y por ello debe
favorecerse un método que privilegie los documentos diplomáticos; c) el interés, y
también la preocupación por el futuro de la cultura europea, la historia es
concebida como un drama donde las luchas y los conflictos entre hombres,
naciones o grupos sociales llegan a ser considerados auténticos elementos de la
realidad histórica, al final, después de que pase “todo lo que tiene que pasar”,
Humboldt tiene la certidumbre de que terminarán por imponerse y lograrán triunfar
la belleza, la verdad y la justicia, representadas en la cultura europea (Corcuera
1997:117, 121).
Las conclusiones de Humboldt fueron retomadas por Ranke y le sirvieron
como punto de partida de su actividad como historiador. Ranke es considerado el
fundador del historicismo propiamente dicho, y sería el divulgador de los nuevos
métodos científicos de la historia.
Según Josefina Vázquez (1973: 164-165) el historicismo considera como
objeto de la historia la vida humana en su totalidad y multiplicidad, los conceptos
abstractos de la filosofía no son adecuados para comprender las realidades
concretas de la historia. La tarea del historiador no es la búsqueda de leyes y
principios, sino comprender hasta donde sea posible, la infinita variedad de formas
históricas inmersas en los acontecimientos. Otro rasgo característico del
historicismo es que combate los planteamientos iusnaturalistas que suponían la
existencia de principios legales comunes para todo el mundo, y defiende la
peculiaridad individual e histórica de las leyes de cada pueblo (Fontana 2001:
167).
Estas son las características de la escuela historiográfica que Ranke
contribuyó a difundir. En su primer libro Historias de los pueblos románicos y
germánicos de 1494 a 1514 en 1824, presenta en su apéndice una “Crítica a los
historiadores modernos”, dirigida contra la filosofía histórica de la Ilustración, pues
Ranke se empeñó en separar la historiografía de la especulación filosófica y
convertirla en una “ciencia” (Fontana 2001: 168; Vázquez 1973: 164).
Entre las obras más importantes de Ranke destacan: Historia de los papas,
Historia alemana del tiempo de la Reforma, Nuevos libros de la historia de Prusia,
Historia de Francia, Historia de Inglaterra y la Historia Universal. En ellos
encontramos los que Sonia Corcuera (1997: 126-130) llama el método de Rake:
En primer lugar es necesario reunir las fuentes, es decir, los documentos,
las obras o los materiales diversos que informan al historiador, Ranke distingue
entre las fuentes manuscritas no publicadas y el material publicado. El primero de
estos hacían saltar de gozo a Ranke, en el prólogo de la Historia de los papas,
declara la importancia de las fuentes escritas no publicadas para su trabajo:
[Esta] empresa... si bien puede resultar fallida, ni siquiera podría
haberse intentado de no haber tenido ocasión de utilizar una fuentes
desconocidas hasta el momento... ¡qué alegría, ante la inseguridad
que ofrece la mayoría de las obras impresas de historia moderna,
tropezar con tanto testimonio inédito (Ranke 1997: 7).
El siguiente paso es seleccionar las fuentes, pues la investigación debe
descansar en el empleo de fuentes estrictamente contemporáneas a los
acontecimientos narrados. Una vez seleccionadas las fuentes se procede al
análisis del contenido y su interpretación, para encontrar la manera más
provechosa de leer ese material, para después comunicar lo que sabe o cree
saber. Finalmente se realiza el paso más importante, la explicación, aquí hay que
considerar que Ranke estaba convencido de que los hechos se manifiestan por sí
solos, pero a final de cuentas lo que verdaderamente sucedió era aquello que
tenía significado histórico de acuerdo con las fuentes y los testigos.
Al lado de su metodología, se encuentran ciertas características que
distinguen el trabajo de Ranke como historiador (Fontana 2001: 169), las cuales
enunciaremos y analizaremos a continuación:
Su visión de la historia tiene un fundamento teológico, donde Dios hacia de
primer motor que articula las piezas de una sociedad disuelta en individuos y de
un universo fragmentado en pueblo, asumiendo la función que el progreso ejercía
para los ilustrados.
La actividad de los hombres se canaliza a través de las naciones que son el
componente fundamental de la sociedad: cada una de ellas es distinta y peculiar,
de manara que las generalizaciones no sirven: cada país tiene su propia política.
Sus libros hablan siempre de los estados y de las relaciones que se
establecen entre ellos por medio de la diplomacia y la guerra.
La explicación histórica se integra a partir de hechos que orientan la historia
hacia una meta o fin optimista que debe alcanzarse en tres etapas que tratan
sucesivamente de los pueblos, las naciones y de Europa. La explicación rankeana
de la historia se apoya en la noción de reconciliación, pues al final todos los
conflictos que se habían presentado como tragedia terminan por resolverse de una
manera feliz (Corcuera 1997: 133, 135).
No obstante, a pesar de tener una visión optimista de la historia, también
tenía una visión conservadora, ya que veía con buenos ojos los cambios que se
habían dado en el pasado y que habían desembocado en la formación de los
Estados-nación, pero no aceptaba que esa dinámica continuara en el futuro, más
bien anhelaba que el mundo se mantuviera como él lo conocía. Su rechazo a los
cambios en el futuro es uno de sus puntos más débiles, pues supondría que
entiende a la historia como un proceso que habría llegado a su fin (Corcuera 1997:
136).
Para Ranke, el impulso que pone en marcha el proceso histórico, es la
rivalidad de las naciones que se enfrentan por la posesión de territorios o por la
supremacía política. Esta rivalidad hace posible la formación de las grandes
potencias, llamadas también los grandes poderes en la historia (Corcuera 1997:
137).
Naturalmente, el historicismo e incluso el propio Ranke no escaparon a la
crítica. Josefina Vázquez (1973: 128-129) se queja de que bajo los postulados
generales de Ranke se empezaron a cobijar los cazadores de documentos
inéditos y los nuevos analistas que apelando a una historia “sin interpretación”,
empezaron a invadir las bibliotecas con pequeñas y superespecializadas
monografías sin sentido alguno. En cuanto al historicismo lo critica por pretender
haber alcanzado la objetivización de la historia y haber asegurado la imparcialidad
del historiador, porque sus verdades estaban comprobadas, sin duda para nadie.
Sobre este punto considero conveniente mencionar la aclaración que hace
Josep Fontana (2001: 168) sobre las críticas al método de Ranke. Según este
autor, la confusión se deriva de una frase del prólogo de Historias de los pueblos
románicos y germánicos de 1494 a 1514, donde el joven Ranke, haciendo un
ejercicio de modestia, decía que aunque la historia tiene “la misión de juzgar el
pasado y de instruir el presente en beneficio del porvenir”, su libro no aspiraba a
tanto, sino que se contentaba con “mostrar las cosas tal y como pasaron”. Esta
frase –“Er will bloss zeigen wie es eigentlich gewesen”- (según Fontana) fue
sacada de su contexto injustificadamente e interpretada como una declaración
metodológica, siendo desde entonces repetida por los ejércitos de historiadores
académicos que creyeron que legitimaba su incapacidad, moral o intelectual, de
pensar por cuenta propia. Dejando a un lado que el propio Ranke declaró que la
misión de la historia “no consiste tanto en reunir y recabar hechos como en
entenderlos y explicarlos”, su obra desmiente el mito del “wie es eigentlich
gewesen”.
Sin embargo, las críticas al método rankeano son válidas en mayor medida
para sus sucesores, ya que estos se abocaron a sus grandes recetas para
conseguir “datos verdaderos”. La historia debía ser escrita sólo con documentos
de primera mano, es decir, “los más puros y más inmediatos documentos”. No
obstante, estos discípulos carecían de una característica que fue lo que hizo
grande a Ranke como historiador: estaba naturalmente dotado de gran agudeza
psicológica, con la cual pudo beneficiar a sus materiales (Vázquez 1973: 133).
Corcuera centra su crítica en la concepción de la historia y la tarea del
historiador, afirma que para Ranke la misión del historiador consiste en
desentrañar las grandes tendencias de los siglos. De esta manera la historia,
aparentemente caótica en un primer momento, pronto adquiere significación y se
vuelve tangible. Sin embargo, (para Corcuera) esta concepción explicativa adolece
ce ciertas limitaciones: a) El historiador no puede definir las fuerzas que operan en
la historia, se limita a contemplarlas y a desarrollar una simpatía por su existencia
y un interés por sus personajes, b) No puede aspirar a la total certidumbre sobre
su significado último, pues sólo la sensibilidad religiosa es capaz de alcanzar esa
reflexión (Corcuera 1997: 138).
Además de las críticas metodológicas, Ranke ha recibido críticas
ideológicas, como la de Fontana en el sentido de que no entiende las naciones
más que en el seno de los estados, era contrario a las ideas contemporáneas de
nación, ya se basaran en criterios étnicos y culturales, o en la voluntad de los
ciudadanos. Ranke pensaba que el acontecimiento más importante de su tiempo
había sido la “renovación y el nuevo desarrollo de las nacionalidades”, que se
apoyaban en la conciencia de identidad nacional, lo que exigía que se educara a
las ciudadanos con una clase de historia que no había de hablar de progreso, de
modos de subsistencia o de lucha de clases, sino sólo de pueblos, en el sentido
de colectividades humanas interclasistas fundamentadas en el sentimiento de la
nacionalidad compartida (Fontana 2001: 170). Naturalmente que esta crítica es
hecha desde una perspectiva contemporánea.
A pesar de las críticas, una de las mayores aportaciones de Ranke a la
historiografía moderna es su aún utilizado método de crítica de fuentes, algo por lo
que es más conocido que por el manejo comprometido del pasado, que lo llevó a
entender la historia como la memoria viva de la humanidad, otra contribución muy
importante para los historiadores contemporáneos.
Bibliografía:
CORCUERA DE MANCERA, Sonia. “La historia como crítica y como ciencia” en Voces
y silencios en la historia, siglos XIX y XX, Fondo de Cultura Económica, México,
1997, pp. 113-123.
FONTANA, Josep. “Historicismo y nacionalismo” en La historia de los hombres,
Crítica, Barcelona, 2001, pp. 165-180.
RANKE, Leopold von. Historia de los papas, Fondo de Cultura Económica, México,
1997.
________ Pueblos y estados en la historia moderna, Fondo de Cultura
Económica, México, 1986.
VÁZQUEZ DE KNAUTH, Josefina. “La historia científica y la escuela alemana” en
Historia de la historiografía, SEP/SETENTAS, México, 1973, pp. 127-136.
_________ “El historicismo” en Historia de la historiografía, SEP/SETENTAS,
México, 1973, pp. 127-136.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Pragmatismo


El Pragmatismo fue un movimiento intelectual –filosófico, psicológico y educacional- expresión neta de la cultura norteamericana hacia el final del Siglo XIX y principios del Siglo XX. En la actualidad el pragmatismo esta siendo objeto de una recuperación muy importante por parte de filósofos, pensadores y psicólogos. Emerge de una rica tradición de pensamiento que, desde el momento mismo de la aparición de las ciencias sociales y humanas, había propuesto una reconstrucción del sentido y de la racionalidad práctica basada en la intersubjetividad de los conocimientos y en la recuperación del sentido común crítico. Me he de ocupar aquí del pragmatismo clásico poniendo énfasis en el Proyecto de Psicología que elaboran, en el Programa de Investigación y en la cuestión Metodológica inherente al mismo. 

Los representantes más destacados son: Charles Peirce (1839 – 1914) hoy reconocido más como semiólogo aunque la influencia de su teoría en la psicología sigue siendo de relevancia por su perspectiva social y crítica. William James (1842 - 1910) considerado otro de los padres de la psicología científica. John Dewey (1859 - 1952), a quien se lo identifica sobre todo con el concepto de actividad y con la propuesta innovadora y progresista de la Escuela Activa y George Mead (1863 – 1931) otro pionero en el desarrollo del enfoque social de la psicología. Cuando me refiero al Pragmatismo para identificar un Proyecto de psicología y un enfoque metodológico quiero hacer una salvedad. Los pensadores –todos ellos de formación amplia, diversa con sólida base filosófica- piensan la realidad humana de forma integral. Todos ellos adhieren a la cosmovisión pragmática pero no aparecen como un grupo homogéneo con un programa científico sistemático sino que lo que los agrupa o tienen en común una serie de principios o supuestos teóricos y metodológicos que más adelante voy a desarrollar. Mi idea es que no se puede estudiar y aprehender en su real dimensión la Metodología de la Investigación Psicológica contemporánea privándonos del aporte trascendental que este movimiento intelectual ha ejercido en nuestra cultura científica. 

El significado del término “pragmatismo”  
En el habla cotidiana, en discurso de nuestras academias de psicología el término "pragmatismo" no coincide con el significado atribuido por sus creadores. Casi siempre se lo asocia a “experiencia”, a “práctica” con connotaciones de “mera eficacia material”, “falta de principios”, “astucia”, “cinismo”. Por lo general esta significación suele ir acompañada con una actitud de repulsa. Según esta versión devaluada, pero ampliamente difundida del pragmatismo, esta forma de enfocar los problemas reduce el valor de verdad de los enunciados a su utilidad para el individuo, a su conveniencia e interés. La verdad, en estos casos queda reducida a criterios de utilidad y confinada en la estrechez de miras del interés privado y egoísta de uno individuos aislados. Así garantizando al individuo en su omnipotencia en los asuntos que le son privativos se ponen las bases de un capitalismo egoísta tantas veces identificado con el sistema económico norteamericano. Este desprestigio del término "pragmatismo" no es sólo una cuestión contemporánea, ni local, muy por el contrario tiene su historia tanto en la América del norte, donde surge, como en Europa, por donde se expandió. En 1907, Peirce escribió: “Es ahora el momento oportuno para explicar lo que es el pragmatismo. Debo, sin embargo, introducir esta explicación con una afirmación de lo que no es, ya que muchos escritores, especialmente de la muchedumbre numerosa como las estrellas de la progenie de Kant, a pesar de las declaraciones de los pragmatistas, unánimes, reiteradas y muy explícitas, permanecen todavía incapaces de "captar" a dónde nos estamos dirigiendo, y persisten en retorcer nuestro propósito y nuestra finalidad”. 
Algunos autores sostienen que, por ejemplo Wittgenstein, que -como es sabido- evolucionó a posiciones decididamente pragmatistas, rehusó utilizar el término dada las ambigüedades y rechazos que generaba. Más allá del debate que la concepción del pragmatismo pueda originar, los argumentos que sostienen esta versión no hacen justicia con el pensamiento pragmático clásico que, entre otras ideas, postula una reconstrucción comunitaria del sentido basada en el pluralismo epistemológico y metodológico, la fiabilidad del conocimiento, la intersubjetividad y la comunicación como garantes de la verdad en el seno de una comunidad de investigadores. Son estos aspectos lo que vamos a rescatar aquí. 

Los creadores -Peirce y James- se refieren al pragmatismo como un “modo de pensar”. El pragmatismo no es una doctrina de metafísica ni tampoco un intento de determinar la verdad de las cosas, sino sólo un método para averiguar los significados de las palabras brutas y de los conceptos abstractos. William James (1907) sostuvo que con el término pragmatismo aludía a un modo de pensar. En el tienen cabida teorías distintas y puede aplicarse a diferentes disciplinas. De este modo el pragmatismo fue concebido esencialmente como un método que ayuda a decidir y reglamentar el significado de las creencias, las ideas y los usos del lenguaje. Se podría decir que se trata de conocer y formular las consecuencias empíricas que resultan del uso, la experimentación o la actuación sobre una idea dada en determinadas circunstancias. Peirce, por su parte, entendió el pragmatismo como un método de averiguar los significados, no de todas las ideas, sino sólo de aquellas que denominó "conceptos intelectuales", es decir, de aquellas sobre cuya estructura pueden girar los argumentos relativos al hecho objetivo. En su artículo titulado Qué es el pragmatismo (1904) Peirce discurre acerca del propósito y consecuencias del mismo, enfatizando la importancia de la experimentación y explicando cómo el significado de cada proposición está en el futuro. Concluye sosteniendo que, en tanto que el pragmático considera la Terceridad como un ingrediente esencial de la realidad, sólo puede gobernar a través de la acción, y la acción no puede surgir excepto en el sentimiento. Es la dependencia que tiene la Terceridad de la acción (Secundidad) y del sentimiento (Primeridad) lo que distingue al pragmatismo del idealismo absoluto de Hegel. 

  1. El pragmatismo sitúa en el centro del escenario el concepto de acción. La esencia del hombre es su actividad: nadie puede dejar de actuar en un sentido o en otro. El ser humano a diferencia de otros seres activos es capaz de orientar su actividad según fines en alguna medida creados o decididos por él, en forma individual o colectiva. 
  2. El conocimiento no es una disposición independiente de la que hacemos pleno uso cuando actuamos, sino que es una parte continua e inseparable del hacer orientado hacia fines. El conocimiento es un tipo de actividad. Lo privativo del ser humano no sería el pensamiento o el conocimiento por contraposición a la acción, sino la capacidad de actuar reflexiva y creativa. La acción humana no se produce de manera directa a través de movimientos físicos y esfuerzos musculares, sino indirectamente mediante manipulaciones conceptuales y operaciones simbólicas. 
  3. Los valores de utilidad (técnica), satisfacción (práctica) y verdad (teorética) se aúnan en la acción. Conocimiento, acción y fines aparecen en este esquema vinculados entre sí de un modo perfectamente obvio; lo verdadero, lo satisfactorio y lo útil confluyen aquí en una misma cosa, siendo su diferencia sólo de punto de vista. 
  4. El pragmatismo clásico es un método en el cual la verdad de una proposición es medida por su correspondencia con resultados experimentales y por su consecuencia práctica. Así pues, los pragmatistas esperan que esa verdad sea modificada de acuerdo con los descubrimientos que se hagan y consideran que ella es relativa al tiempo, al lugar y al propósito de la investigación. 


Principios y supuestos del pragmatismo tradicional 
 En 1868, Peirce escribió una serie de artículos contra el cartesianismo e inicio la construcción de un nuevo sistema filosófico que enfrentara los supuestos cartesianos en su raíz misma, sosteniendo como un concepto central el de la “comunidad de investigadores”. Toda la tradición pragmática se hizo eco de esta rebelión en contra de principios centrales del cartesianismo tales como: 
 * La dualidad ontológica mente / cuerpo * El individualismo subjetivo * El método de la duda universal como medio de alcanzar la certeza. * La concepción del lenguaje y los signos como disfraces externos del pensamiento * La concepción de que la misión de la Filosofía consistía en conocer clara y distintamente una realidad determinada. 

Entre los supuestos básicos compartidos por los pensadores pragmáticos, que dan identidad al este movimiento y constituyen la trama base en la cual se entreteje la metodología de la investigación propuesta vamos a destacar los siguientes: 
 * La confianza puesta en la experiencia y en la experimentación. El reconocimiento que si un concepto no puede traducirse en términos de experiencia o praxis, carece de significado La metodología de la de la ciencia experimental enlaza el pensamiento con la acción y confiere autoridad definitiva a los procedimientos empíricos. Cualquier idea importante es fundamentalmente una hipótesis y una hipótesis es un plan para un acto o experimento a desarrollar y la expectativa del resultado que siga a la ejecución del acto planteado. Por lo tanto la prueba de validez de la idea está en los efectos que produce al ser llevada a la acción. 

El método pragmático propone interpretar los conceptos en función de las consecuencias que estos tienen para la experiencia o la práctica. En síntesis: (1) Destacan la vinculación del pensamiento con la acción. (2) Confieren autoridad a los procedimientos empíricos. (3) La autoridad debe ser apoyada en métodos cooperativos de investigación experimental. 

 * El anti fundamentalismo. En una serie de artículos publicados en 1868 Peirce presenta un conjunto de argumentos en contra de la idea de que el conocimiento se apoya en fundamentos fijos y que los hombres posean una facultad especial que les permita conocer esos fundamentos. Para lograr su objetivo elaboró una teoría de los signos en la que los intérpretes siempre y necesariamente están abiertos a nuevas interpretaciones y correcciones críticas. 

La búsqueda de las certezas indudables es un desvarío de la razón humana que debe ser superado y sustituido por una versión más modesta pero a la larga más científica y valedera a la larga. 

 * El falibilismo. La renuncia al fundamento no equivale a la aceptación del relativismo. La alternativa que plantean es el falibilismo que consiste en señalar que, a pesar de la necesidad de iniciar la investigación con prejuicios y de que no podemos cuestionar todo a la vez, debemos aceptar que no hay creencias o tesis que no estén abiertas a nuevas interpretaciones o críticas. Peirce sustituye la metáfora del fundamento por la metáfora del cable. En filosofía y en la investigación científica debemos confiar en la multitud y variedad de argumentos en vez de hacerlo en uno de ellos. El razonamiento debe ser como un cable formado por multitud de delgadas fibras unidas entre sí. La vigencia de la probabilidad y la hipótesis en el razonamiento científico 

 * El anti formalismo. Ponen énfasis en la función instrumental de las ideas sobre la función representativa. Aunque el pragmatismo puede ser visto como una revolución contra el formalismo no niega la utilidad, en ciertos contextos de modelos formales. Lo que critica es la idea de que los modelos formales describan una condición a la cual puede o debe aspirar el pensamiento racional. El antiformalismo pragmático es la negación que el método científico se pueda agotar en un manual de reglas o en una lógica inductiva formalizada. No se puede reducir el trabajo de la ciencia sólo a seguir un conjunto de reglas mecánicas. 

 * La comunidad crítica de investigadores. Si somos falibles nuestras perspectivas nos limitan. La comunidad crítica de investigadores es un ideal regulativo. El supuesto en que se sostiene es que sólo ofreciendo nuestras hipótesis a la discusión crítica de los demás podemos conocer la validez de lo que sostenemos, solo en el encuentro con el otro, con el diferente, con lo ajeno podemos detectar lo limitado, lo parcial y lo ideosincrático. 

 * La defensa del pluralismo y diversidad. La tradición pragmática se precia de ser plural. Afirma la necesidad de apertura y la pluralidad de tradiciones y perspectivas tanto en la filosofía, la epistemología como en la psicología. Las doctrinas y los fundamentalismos religiosos ven en la diversidad y el pluralismo un signo de la decadencia social, de cuestionamiento a los dogmas establecidos. 

 * El antidualismo y la superación de las dicotomías. Es la posición contra el dualismo y las dicotomías clásicas: sujeto/objeto, teoría/práctica, razón/sensibilidad, razón/sentimientos, hechos/valores, individuo/comunidad, mente/materia. Proponen una síntesis generadora basada en la acción y en la experiencia. 

* El supuesto de la condición social del Yo y de la conciencia. La conciencia individual es dependiente de las prácticas sociales compartidas. Hay un descentramiento del sujeto. Mead fue pionero en el desarrollo del yo social y de la intersubjetividad práctica. 

* La contingencia radical y el azar. La contingencia y el azar, frente a la universalidad y la necesidad, marcan nuestras investigaciones y nuestras vidas. Peirce desarrolló una serie de argumentos contra la doctrina de la necesidad mecánica. Para los pragmatistas vivimos en un universo abierto que siempre es amenazante y riesgoso debido a la inestabilidad pero al mismo tiempo es una fuente de oportunidades. Dewey defenderá la importancia de una inteligencia reflexiva y crítica para enfrentar las contingencias que se nos presentarán. Las doctrinas de la evolución y el relativismo histórico acentuaban la idea del cambio, la plasticidad y la adaptación en el conocimiento humano 

 * El constructivismo. Lo real no es algo predeterminado, dado de antemano, sino más bien aquello que la investigación y el razonamiento alcanzarán eventualmente como independiente de los sueños de cada uno. La teoría pragmática de la verdad según la cual ésta es un atributo de las ideas y no de la realidad y se apega a tales ideas en la medida en que estas resulten útiles para el propósito con el que se las invoca. 

 * La importancia del método. El pensar aparece estrechamente ligado al como hacerlo, eso es lo fundamental. El método es lo primero, hay una insistencia pragmática sobre la esencialidad del método. Un método empírico, reflexivo, crítico y cooperativo de la investigación experimental. de la Investigación Psicológica