El
libro I de El capital se compone de siete secciones, que tratan, respectivamente,
de la mercancía y
el
dinero, la transformación del dinero en capital, el plusvalor absoluto, el
relativo, la relación entre
ambos,
el salario y la acumulación de capital. La primera
sección se compone, a su vez, de tres capítulos,
el primero de los cuales –titulado “La mercancía”– fue señalado
muchas veces por Marx como el más
importante y difícil de toda la obra. Ésta es la razón de que, por nuestra parte también, hayamos
hecho del
resumen
de este capítulo el más largo de todo el libro. Los otros dos tratan sobre el
proceso del
intercambio
y sobre el dinero.
I. La mercancía. En este primer capítulo, el punto de partida es el
siguiente: puesto que la sociedad
moderna,
actual, capitalista, toda la riqueza aparece en forma de un montón o cúmulo de
mercancías, el
análisis
debe empezar también con la mercancía. Lo más importante de la mercancía es su
carácter dual o
doble,
su naturaleza bifacética, que llega a desarrollar una antítesis interna que más
tarde se expresará, en
la
circulación mercantil, como una antítesis externa. La mercancía es, por una
parte, una simple cosa, y
por
otra parte una cosa que tiene precio. Ser cosa –o bien, u objeto exterior– es
lo mismo que tener “valor
de
uso”, es decir, consiste en su cualidad o conjunto de propiedades naturales que
se manifiestan en su
utilidad,
aunque dichas propiedades “naturales” no dejen de estar determinadas
históricamente. Por otra
parte,
su precio no es sino una forma de tener “valor de cambio”, algo que presenta
una dimensión
cuantitativa
inmediata, que se puede y debe medir (aunque esas medidas se desarrollen
también de forma
históricamente
cambiante).
Por tanto, el valor de uso de la mercancía es la “corteza
natural” de la mercancía, su “cuerpo”;
debería ser el objeto de una disciplina especial, la
merceología, y constituye la riqueza material o el
“contenido material de la riqueza”. Por su parte, el valor de
cambio de la mercancía parece una
contradicción (contradictio in adiecto, dice Marx) porque en realidad lo que se ve es que la mercancía
no
tiene uno sino múltiples valores de cambio. En efecto, cuando se
dice que una unidad de la mercancía X
equivale a una cantidad a de la mercancía Y, o a
una cantidad b de la mercancía Z, etc., salta a la vista
que todos estos valores de cambio no son sino “formas” de un
contenido diferenciable, expresiones de un
algo que es común, que es igual, algo de la misma magnitud
presente a la vez en las dos cosas que se
comparan en cada caso. Pero ese algo no puede ser una propiedad
corpórea o sensible de la mercancía en
cuanto cosa, porque todas las propiedades de este tipo que
caracterizan a los distintos bienes sólo sirven
para distinguirlos entre sí, no para igualarlos. Por
consiguiente, si abstraemos de los diferentes valores de
uso todas esas propiedades, y no dejamos ni un ápice o átomo del
valor de uso, a las mercancías sólo les
puede quedar una cosa en común: la propiedad de ser todas ellas
producto del trabajo.
Ahora
bien, el trabajo que es común a todas las mercancías es el trabajo humano
indiferenciado, el
trabajo
abstractamente humano. Por tanto, la sustancia que
se manifiesta en los valores de cambio es algo
distinto
del valor de cambio: es el valor de la mercancía. Y el valor de cada mercancía, este valor
mercantil que subyace a los valores de cambio, es una sustancia
social, la cristalización de esa sustancia
social
común. No es por tanto una sustancia natural sino
supranatural, abstracta o suprasensible, y hace de
cada
mercancía no la mera cosa que es sino también una gelatina homogénea de
trabajo, una crisálida
social
general con una objetividad espectral.
Pero
en esta sustancia generadora de valor lo esencial es lo cuantitativo: la
magnitud de su valor. Y
esta
magnitud viene determinada por la cantidad de trabajo, que a su vez se mide por
la duración o tiempo
de
trabajo, en las unidades habituales de tiempo (día, hora, año, etc.). Sin embargo,
no es cualquier
trabajo
lo que se mide, sino el trabajo “de la misma fuerza humana de trabajo”, el
trabajo requerido por
cada
mercancía como parte del “conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad”, de
forma que cada
fuerza
de trabajo individual se toma sólo con el carácter de una “fuerza de trabajo
social media”, que
opera
exclusivamente con “el tiempo de trabajo socialmente necesario” en cada caso.
Por consiguiente, la
creciente
fuerza productiva de cada trabajo concreto tendrá como consecuencia que la
magnitud de valor
de
la mercancía resultante sea decreciente.
Es
muy importante entender que todo lo anterior significa que, absolutamente
siempre, cada
mercancía
se toma como simple “ejemplar medio de su clase”, así como el trabajo que se
gasta en ella, de
forma
que si un tejedor manual de telas continuara trabajando manualmente mientras
que el resto de los
productores
de tela lo hicieran mecánicamente, por medio de una máquina que modifica el
proceso social
de
producción, o modo de producción de la mercancía, ocurriría lo siguiente: este
productor continuaría
necesitando
x horas por unidad de tela, pero la sociedad, que ahora usa telares de vapor,
sólo requeriría
x/2
horas, de forma que también la mercancía de este productor individual pasará a
contener sólo el
trabajo
gastado en x/2 horas.
Si
bien la dualidad de la mercancía es muy importante, Marx señala que era
esencialmente conocida
por
los economistas que le precedieron (aunque debe tenerse en cuenta que, desde
Aristóteles a Adam
Smith
y Ricardo, todos ellos distinguieron entre valor de uso y valor de cambio, pero
ninguno, como él,
entre
valor de uso y valor). Sin embargo, Marx reivindica enérgicamente haber sido él
el primero, en la
historia
de la economía política, en aclarar además la dualidad contenida en el trabajo representado en la
mercancía,
aspecto tan importante que para él constituye el eje sobre el que gira toda la
economía.
El
trabajo que crea la mercancía es ante todo “trabajo útil”, una actividad productiva
específica
condicionada
por la división social del trabajo tal como ha sido desarrollada
históricamente. Esta
actividad específica nos muestra el cómo y el qué del trabajo,
es lo que los ingleses llaman work, y es lo
que, junto a la tierra (es decir, la naturaleza), crea la
riqueza que contiene todo lo producido.
Marx se
remite
aquí a William Petty para reivindicar su famoso dicho de que la riqueza tiene
“un padre” y “una
madre”:
la hand del trabajador (el trabajo) y la land (tierra o naturaleza que se trabaja). Pero el trabajo es
a la vez labour, es decir trabajo humano
del que nos interesa saber sobre todo su cantidad, el cuánto. En
este
segundo sentido, el trabajo es tan sólo gasto de
fuerza de trabajo humana, gasto productivo de
cerebro, músculo, mano, órganos sensibles... humanos. No es trabajo específico de sastre o de tejedor,
sino
“trabajo humano puro y simple”.
Marx
insiste en este trabajo a partir de la siguiente analogía fundamental. De igual
forma que un
mismo
hombre puede trabajar al mismo tiempo como sastre y como tejedor, repartiendo
su tiempo de
trabajo
entre los dos tipos de tareas, otro tanto ocurre con el “hombre social” cuando
la sociedad
desarrolla
las condiciones para esta transformación. En la sociedad moderna, capitalista,
cuando la
evolución
de la demanda exige que el organismo social en su conjunto transfiera trabajo
humano desde la
labor
de tejer a la de sastrería, o a la inversa, ocurre como en el caso del
individuo anteriormente
señalado.
Por consiguiente, el trabajo resultante es también
trabajo humano en general, o indiferenciado,
cierta cantidad del trabajo medio simple que puede realizar
cualquier hombre común y corriente en cuanto
actividad normal de la vida.
Y es precisamente este trabajo
simple el único cuya cantidad le va a
interesar
a
Marx en todo El capital, como él mismo se encarga de advertir aquí expresamente.
Por supuesto, no todos los trabajos son simples, también hay
trabajo calificado o complejo, pero éste
queda reducido a trabajo simple cuando lo que importa es medir
la cantidad de trabajo. En esos términos,
el trabajo complejo sólo es trabajo simple “potenciado, o mejor
multiplicado”, y la reducción se produce
constantemente por medio de un proceso social que, no por quedar
a las espaldas de los productores, deja
de ser menos real.
Por consiguiente, Marx es muy claro aquí porque quiere evitar cualquier posible
confusión:
el trabajo del sastre o el trabajo del tejedor sólo son sustancia del valor
chaqueta o del valor
lienzo
en tanto que ambos poseen la
misma cualidad: la de ser
simple trabajo humano, y consistir en puro
gasto fisiológico del organismo de los hombres sociales.
Este carácter bifacético del trabajo es de fundamental
importancia para entender, además, lo
siguiente: es bien
posible, por no decir necesario, que aumente la riqueza material que se crea
con el
trabajo
y que al mismo tiempo disminuya la magnitud de valor creado por él. Esto es así
porque dada
cierta
cantidad, x, de trabajo, ésta siempre será responsable, como hemos
dicho, de la creación de la
misma
cantidad de valor. Sin embargo, la mayor o menor
productividad del trabajo útil y concreto en el
que se manifiesta el trabajo humano puede hacer aumentar o disminuir
el volumen de valores de uso por
unidad de tiempo que resultan del proceso de la producción.
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