viernes, 29 de marzo de 2013

el trabajo. Resumen del capital 1. G


El libro I de El capital se compone de siete secciones, que tratan, respectivamente, de la mercancía y
el dinero, la transformación del dinero en capital, el plusvalor absoluto, el relativo, la relación entre
ambos, el salario y la acumulación de capital. La primera sección se compone, a su vez, de tres capítulos,
el primero de los cuales –titulado “La mercancía”– fue señalado muchas veces por Marx como el más
importante y difícil de toda la obra. Ésta es la razón de que, por nuestra parte también, hayamos hecho del
resumen de este capítulo el más largo de todo el libro. Los otros dos tratan sobre el proceso del
intercambio y sobre el dinero.
I. La mercancía. En este primer capítulo, el punto de partida es el siguiente: puesto que la sociedad
moderna, actual, capitalista, toda la riqueza aparece en forma de un montón o cúmulo de mercancías, el
análisis debe empezar también con la mercancía. Lo más importante de la mercancía es su carácter dual o
doble, su naturaleza bifacética, que llega a desarrollar una antítesis interna que más tarde se expresará, en
la circulación mercantil, como una antítesis externa. La mercancía es, por una parte, una simple cosa, y
por otra parte una cosa que tiene precio. Ser cosa –o bien, u objeto exterior– es lo mismo que tener “valor
de uso”, es decir, consiste en su cualidad o conjunto de propiedades naturales que se manifiestan en su
utilidad, aunque dichas propiedades “naturales” no dejen de estar determinadas históricamente. Por otra
parte, su precio no es sino una forma de tener “valor de cambio”, algo que presenta una dimensión
cuantitativa inmediata, que se puede y debe medir (aunque esas medidas se desarrollen también de forma
históricamente cambiante).
Por tanto, el valor de uso de la mercancía es la “corteza natural” de la mercancía, su “cuerpo”;
debería ser el objeto de una disciplina especial, la merceología, y constituye la riqueza material o el
“contenido material de la riqueza”. Por su parte, el valor de cambio de la mercancía parece una
contradicción (contradictio in adiecto, dice Marx) porque en realidad lo que se ve es que la mercancía no
tiene uno sino múltiples valores de cambio. En efecto, cuando se dice que una unidad de la mercancía X
equivale a una cantidad a de la mercancía Y, o a una cantidad b de la mercancía Z, etc., salta a la vista
que todos estos valores de cambio no son sino “formas” de un contenido diferenciable, expresiones de un
algo que es común, que es igual, algo de la misma magnitud presente a la vez en las dos cosas que se
comparan en cada caso. Pero ese algo no puede ser una propiedad corpórea o sensible de la mercancía en
cuanto cosa, porque todas las propiedades de este tipo que caracterizan a los distintos bienes sólo sirven
para distinguirlos entre sí, no para igualarlos. Por consiguiente, si abstraemos de los diferentes valores de
uso todas esas propiedades, y no dejamos ni un ápice o átomo del valor de uso, a las mercancías sólo les
puede quedar una cosa en común: la propiedad de ser todas ellas producto del trabajo.
Ahora bien, el trabajo que es común a todas las mercancías es el trabajo humano indiferenciado, el
trabajo abstractamente humano. Por tanto, la sustancia que se manifiesta en los valores de cambio es algo
distinto del valor de cambio: es el valor de la mercancía. Y el valor de cada mercancía, este valor
mercantil que subyace a los valores de cambio, es una sustancia social, la cristalización de esa sustancia
social común. No es por tanto una sustancia natural sino supranatural, abstracta o suprasensible, y hace de
cada mercancía no la mera cosa que es sino también una gelatina homogénea de trabajo, una crisálida
social general con una objetividad espectral.
Pero en esta sustancia generadora de valor lo esencial es lo cuantitativo: la magnitud de su valor. Y
esta magnitud viene determinada por la cantidad de trabajo, que a su vez se mide por la duración o tiempo
de trabajo, en las unidades habituales de tiempo (día, hora, año, etc.). Sin embargo, no es cualquier
trabajo lo que se mide, sino el trabajo “de la misma fuerza humana de trabajo”, el trabajo requerido por
cada mercancía como parte del “conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad”, de forma que cada
fuerza de trabajo individual se toma sólo con el carácter de una “fuerza de trabajo social media”, que
opera exclusivamente con “el tiempo de trabajo socialmente necesario” en cada caso. Por consiguiente, la
creciente fuerza productiva de cada trabajo concreto tendrá como consecuencia que la magnitud de valor
de la mercancía resultante sea decreciente.
Es muy importante entender que todo lo anterior significa que, absolutamente siempre, cada
mercancía se toma como simple “ejemplar medio de su clase”, así como el trabajo que se gasta en ella, de
forma que si un tejedor manual de telas continuara trabajando manualmente mientras que el resto de los
productores de tela lo hicieran mecánicamente, por medio de una máquina que modifica el proceso social
de producción, o modo de producción de la mercancía, ocurriría lo siguiente: este productor continuaría
necesitando x horas por unidad de tela, pero la sociedad, que ahora usa telares de vapor, sólo requeriría
x/2 horas, de forma que también la mercancía de este productor individual pasará a contener sólo el
trabajo gastado en x/2 horas.
Si bien la dualidad de la mercancía es muy importante, Marx señala que era esencialmente conocida
por los economistas que le precedieron (aunque debe tenerse en cuenta que, desde Aristóteles a Adam
Smith y Ricardo, todos ellos distinguieron entre valor de uso y valor de cambio, pero ninguno, como él,
entre valor de uso y valor). Sin embargo, Marx reivindica enérgicamente haber sido él el primero, en la
historia de la economía política, en aclarar además la dualidad contenida en el trabajo representado en la
mercancía, aspecto tan importante que para él constituye el eje sobre el que gira toda la economía.
El trabajo que crea la mercancía es ante todo “trabajo útil”, una actividad productiva específica
condicionada por la división social del trabajo tal como ha sido desarrollada históricamente. Esta
actividad específica nos muestra el cómo y el qué del trabajo, es lo que los ingleses llaman work, y es lo
que, junto a la tierra (es decir, la naturaleza), crea la riqueza que contiene todo lo producido. Marx se
remite aquí a William Petty para reivindicar su famoso dicho de que la riqueza tiene “un padre” y “una
madre”: la hand del trabajador (el trabajo) y la land (tierra o naturaleza que se trabaja). Pero el trabajo es
a la vez labour, es decir trabajo humano del que nos interesa saber sobre todo su cantidad, el cuánto. En
este segundo sentido, el trabajo es tan sólo gasto de fuerza de trabajo humana, gasto productivo de
cerebro, músculo, mano, órganos sensibles... humanos. No es trabajo específico de sastre o de tejedor,
sino “trabajo humano puro y simple”.
Marx insiste en este trabajo a partir de la siguiente analogía fundamental. De igual forma que un
mismo hombre puede trabajar al mismo tiempo como sastre y como tejedor, repartiendo su tiempo de
trabajo entre los dos tipos de tareas, otro tanto ocurre con el “hombre social” cuando la sociedad
desarrolla las condiciones para esta transformación. En la sociedad moderna, capitalista, cuando la
evolución de la demanda exige que el organismo social en su conjunto transfiera trabajo humano desde la
labor de tejer a la de sastrería, o a la inversa, ocurre como en el caso del individuo anteriormente
señalado. Por consiguiente, el trabajo resultante es también trabajo humano en general, o indiferenciado,
cierta cantidad del trabajo medio simple que puede realizar cualquier hombre común y corriente en cuanto
actividad normal de la vida. Y es precisamente este trabajo simple el único cuya cantidad le va a interesar
a Marx en todo El capital, como él mismo se encarga de advertir aquí expresamente.
Por supuesto, no todos los trabajos son simples, también hay trabajo calificado o complejo, pero éste
queda reducido a trabajo simple cuando lo que importa es medir la cantidad de trabajo. En esos términos,
el trabajo complejo sólo es trabajo simple “potenciado, o mejor multiplicado”, y la reducción se produce
constantemente por medio de un proceso social que, no por quedar a las espaldas de los productores, deja
de ser menos real. Por consiguiente, Marx es muy claro aquí porque quiere evitar cualquier posible
confusión: el trabajo del sastre o el trabajo del tejedor sólo son sustancia del valor chaqueta o del valor
lienzo en tanto que ambos poseen la misma cualidad: la de ser simple trabajo humano, y consistir en puro
gasto fisiológico del organismo de los hombres sociales.
Este carácter bifacético del trabajo es de fundamental importancia para entender, además, lo
siguiente: es bien posible, por no decir necesario, que aumente la riqueza material que se crea con el
trabajo y que al mismo tiempo disminuya la magnitud de valor creado por él. Esto es así porque dada
cierta cantidad, x, de trabajo, ésta siempre será responsable, como hemos dicho, de la creación de la
misma cantidad de valor. Sin embargo, la mayor o menor productividad del trabajo útil y concreto en el
que se manifiesta el trabajo humano puede hacer aumentar o disminuir el volumen de valores de uso por
unidad de tiempo que resultan del proceso de la producción.

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