Tras
el carácter doble de la mercancía y del trabajo mismo, Marx pasa a una tercera
cuestión central
de
este capítulo I: la forma de valor, o el valor de cambio, a la que dedica la
parte más extensa de su
exposición
(de hecho, en la edición de siglo XXI se incluye como apéndice al libro I la
primera versión,
no
publicada en su momento, redactada por Marx sobre la “forma de valor”). Aquí
también se muestra el
autor
orgulloso de su propia aportación, e indica haber sido él el descubridor de la génesis de la forma
dinero a partir del análisis de la forma de valor. Este análisis consiste precisamente en su desarrollo, que,
como dirá más tarde, coincide precisamente con el propio
“desarrollo de la forma mercancía”. En el
desarrollo
de la forma de valor, Marx escoge cuatro fases, y por esa razón divide en
cuatro apartados el
largo
epígrafe que dedica a la misma, a saber: las formas “simple”, “total”, “general
“y “de dinero”.
A.
La forma simple o singular de valor contiene, en realidad, todo el secreto.
Esta forma es
simplemente:
x A
= y B (1)
Las
dos mercancías que se igualan así no desempeñan el mismo papel, sino que A
tiene un papel
activo,
mientras que B interpreta un papel pasivo. Más en particular, la forma de valor
tiene dos
ingredientes:
la “forma relativa” (A) y la “forma de equivalente”
(B). Pero estos ingredientes son en
realidad extremos excluyentes y contrapuestos, son dos “polos”
de la misma expresión de valor. Por eso,
se analizan
sucesivamente, por separado, antes de volverlos a reunir en un análisis de
conjunto.
En la forma relativa de valor, hay que distinguir su “contenido”
de su “carácter cuantitativo”
determinado, y Marx señala que
hay que proceder empezando por el primero, y no, como sucede
habitualmente,
a la inversa. El contenido de esta forma de valor es sencillamente A = B, que
es el
“fundamento”
de la ecuación (1), o ecuación de valor. Esto
quiere decir que la dualidad intrínseca, entre
el valor de uso y el valor, se manifiesta ahora como una
antítesis externa: la figura del valor de uso A
manifiesta su valor por medio de otra mercancía, la B, que figura aquí sólo como valor, o “espejo de
valor”, de A. Esto tiene la mayor
importancia para Marx. Ya que no se trata sólo de la creación de valor
por
medio del trabajo. Es verdad que el trabajo humano crea valor, pero no es valor, dice Marx. Para
expresar el valor como gelatina de trabajo humano, hay que
expresarlo en cuanto objetividad, es decir, en
una cosa distinta. Por
tanto, B es, en la relación de valor que representa A = B, un valor,
mientras que
fuera de dicha relación, cuando se considera a B por sí misma,
esa cosa es simplemente, como en todas
las mercancía, “portadora de valor”.
Por
eso es tan importante esto: en la relación de valor, en la “equiparación” de A
con B, en su
relación
de intercambio, se va más allá de la pura abstracción de valor. Como hemos
dicho, B es valor, y
en
cuanto valor A es igual a B, tiene su mismo aspecto, por
lo que adopta de esta forma una forma distinta
de su forma natural: su
forma de valor. Esta forma relativa o relacional
quiere decir que el cuerpo de B
hace de espejo de valor de A, de la misma forma que Pablo puede
ser para Pedro tan sólo la “forma en
que se manifiesta el genus hombre”
para él.
Pero,
además del contenido, está el “carácter determinado cuantitativo” de la
ecuación de valor, pues
la
forma de valor no sólo expresa “valor en general” sino una determinada magnitud
o cuantía del mismo.
Esto quiere decir que el valor relativo puede variar aunque su
valor (su contenido en trabajo humano) siga
siendo el mismo; o bien lo contrario: que el valor relativo puede
mantenerse igual a pesar de haberse
modificado el valor que subyace al valor relativo.
En
cuanto a la forma de equivalente, sucede lo contrario: no contiene ninguna
determinación
cuantitativa
del valor. Para Marx, su función es triple:
1)
El valor de uso se convierte en la forma de manifestación de su contrario: el
valor. Para entenderlo
mejor,
recurre a una nueva analogía: el trozo de hierro que se utiliza como pesa en la
“relación ponderal”
(de
peso). Aunque su cuerpo férreo tiene, por sí mismo,
peso, y además un cierto peso, en cuanto polo de
la relación ponderal esta pesa de hierro sólo es “figura de la
pesantez”, y en toda la relación viene ya
presupuesto que las dos cosas que se comparan tienen peso.
2) El trabajo concreto se convierte en la forma de
manifestación de su contrario: el trabajo
abstractamente humano.
3) El trabajo privado se convierte en la forma de manifestación
de su contrario: trabajo bajo forma
directamente social.
Y
una vez considerados los dos polos de la forma simple o singular de valor (se
entenderá luego
mejor
por qué liga Marx el adjetivo “simple” a la forma relativa, mientras que
“singular” se vincula a la
forma
de equivalente), pasa a considerar la forma en su conjunto. Primero, para
rendir homenaje al genio
de
Aristóteles, que supo ver que en esta forma se contiene la igualdad de las
cosas que se comparan,
aunque
señalando al mismo tiempo la raíz de la limitación del análisis del griego en
este punto.
Aristóteles no pudo llegar a descubrir el contenido del valor a
partir de su análisis de la forma de valor
porque su contexto social se lo impedía.
Para que este descubrimiento hubiera sido posible, habría hecho
falta
que la Grecia clásica conociera algo que sólo se ha conocido en la sociedad
capitalista moderna: la
conversión de todos los hombres en “poseedores de mercancía” y
su igualación por medio de las leyes de
la mercancía. Hubiera hecho falta, no la desigualdad humana y de las
fuerzas de trabajo que existía en la
sociedad esclavista de su época, sino la igualdad humana actual
que genera el capitalismo, hasta hacer de
ella una verdad con el carácter de un auténtico “prejuicio
popular”.
B.
La forma total o desplegada de valor se expresa en una fórmula mercantil
modificada:
z A
= u B = v C = w D = x E = etc. (2)
Marx
llama ahora a la forma relativa (z A) “forma relativa desplegada”, y considera
que la forma de
equivalente
(el resto de la fórmula) se descompone en tantas “formas particulares de
equivalente” como
miembros
aparecen en la ecuación, razón por la cual considera que esta forma total es
siempre incompleta
y
deficiente, y necesita su “inversión” en la forma C que estudiaremos a
continuación. Una particularidad
de
esta forma B es que, según Marx, hace obvio que es la magnitud de valor la que
regula las relaciones
de
intercambio, y no al revés, puesto que ahora la pluralidad de valores de cambio
de A aparecen todos
directamente
en esta fórmula. Por consiguiente, si invertimos la B obtendremos la C.
C.
La forma general de valor es general sencillamente porque es simple y común
(unitaria):
Cada
uno de los miembros de la izquierda son ahora una “forma relativa social
general (o unitaria)”,
y
todos se expresan en lo que es el “equivalente general”
(la mercancía A, cuya forma relativa propia, en
caso de que necesitáramos expresarla, sería la forma B, a
diferencia de lo que ocurre con las demás
mercancías). Marx aprovecha aquí para recordar que
el desarrollo histórico de la forma de equivalente es
un
resultado del desarrollo histórico de la forma relativa de valor, y que en la
medida en que ambas se
desarrollan
se desarrolla asimismo la antítesis que expresan. Por
consiguiente, es posible ahora conectar
cada una de esas formas con su momento histórico correspondiente:
la forma A se corresponde con el
momento en que los intercambios son fortuitos, ocasionales,
excepcionales; la forma B sucede cuando se
ha vuelto habitual el intercambio de algún tipo particular de
mercancía, por ejemplo, las reses; mientras
que cuando domina la forma C podríamos decir que “la tarea de
darse una forma de valor” se convierte en
una obra común, y no en un asunto privado, del mundo de las mercancías.
La forma C requiere, por tanto, que la relación social se haga
omnilateral, o multilateral, que se
convierta en una “forma socialmente vigente”. Por
tanto, sólo cuando la forma equivalente se circunscribe
a
una clase específica de mercancía, adquiere esta forma su consistencia
objetiva”, su “vigencia social
general”,
y se ponen las condiciones para que esta forma se desarrolle, a su vez, en
dirección a la
siguiente
(la D), y para que la mercancía que hace de
equivalente general “devenga mercancía dinero”, es
decir, funcione realmente como dinero.
D. La forma de dinero, cuyo germen existe ya realmente en la
forma A, no es sino una modificación
de la anterior:
Por esta razón, estamos ahora ante una variación que, a
diferencia de las dos anteriores, no es
esencial, sino de grado, motivada por la práctica social y
consuetudinaria que hace que una mercancía
específica –por ejemplo, el oro– que antes fue, como todas, sólo
un equivalente singular y particular, haya
pasado a convertirse en un equivalente realmente general.
En
la fórmula anterior, se pueden sustituir las dos onzas de oro por cualquiera de
sus denominaciones
monetarias
nacionales, por ejemplo, la libra esterlina, de forma que ya no resulta
misterio alguno la
comprensión
de la forma de precio. La forma de precio adoptada
por el valor de una mercancía (por
ejemplo, v C = 2 £) será, pues, la forma relativa simple de esa
mercancía (expresada) en la mercancía
dineraria.
Una
vez acabado el repaso a las diferentes formas de valor, y antes de pasar a los
otros dos capítulos
que
componen esta primera sección de El
capital –y que en realidad pueden entenderse
como una
explicación
más detallada de esta “forma de dinero” que nos acaba de aparecer–, Marx hace
una
interesante
digresión por uno de sus temas favoritos, al que volverá más tarde una y otra
vez: “el carácter
fetichista de la mercancía, y su secreto”.
Este
carácter fetiche de la mercancía –“fetichista”, “fantasmal”, “enigmático”, “fantasmagórico”,
“misterioso”,
“mágico”, “místico”, “fantástico”, “ilusorio”, “neblinoso”..., son algunos de
los adjetivos
que
aplica al referirse a esto– se reduce esencialmente a algo que no es difícil
entender: basándose en la
apariencia,
los mercaderes, hombres prácticos, y los economistas, sus teóricos o
sicofantes, conceden un
carácter
social a lo que sólo es lo natural de la mercancía (por ejemplo, llaman capital
a lo que sólo es un
medio
de producción); y, a la inversa, toman por natural
lo que no es sino su lado social y nada natural
(por ejemplo, el hecho de que la mercancía tenga precio lo toman
como una propiedad natural más de la
cosa mercancía). El famoso fetichismo se reduce por tanto a este doble quid pro quo, que
surge, no del
cuerpo de la mercancía, que es fácil de comprender, sino de su
forma, su propia forma mercantil, debido a
la “peculiar índole social del trabajo que las produce”, es
decir, debido a que los trabajos privados e
independientes que las producen sólo se vuelven sociales, parte
del todo a que realmente pertenecen, por
medio del intercambio y el mercado.
La
escisión de la mercancía en cosa y valor sólo se produce auténticamente cuando,
ya en su
producción,
el producto del trabajo se convierte en mercancía, y el trabajo privado en
doblemente social:
ha
de cumplir su parte en la división social del trabajo como algo natural, y ha
de materializarse en una
mercancía
que pueda realizar su valor. Los productores no
saben lo segundo; o más precisamente, no
saben que al equiparar en el mercado sus productos heterogéneos
están reduciendo a trabajo humano
homogéneo sus trabajos específicos, pero lo hacen, y este carácter particular de ser valor lo
conciben
como algo universal. Sin
embargo, un repaso de las distintas formas posibles de sociedad nos convencerá
de
lo específico de la forma mercantil.
En
una sociedad donde la sociedad se reduce a un solo individuo –la economía de
Robinsón Crusoe–
también
existe la necesidad de distribuir el trabajo social entre las distintas
necesidades que debe cubrir
esta
sociedad, pero aquí las relaciones entre Robinsón y las cosas son “sencillas y
transparentes”, por lo
que
el trabajo total se distribuirá directamente como algo social. Igualmente, en la sociedad medieval
europea, también la particularidad de los diferentes trabajos
naturales individuales es compatible con su
distribución social directa, de forma que las relaciones de las
personas como productores se identifican
con las relaciones sociales de tipo personal en que consiste el
feudalismo. Otro tanto
sucede con el trabajo
colectivo de la familia en la forma productiva basada en la
producción familiar: el gasto de cada trabajo
individual está determinado socialmente de forma directa como
parte del conjunto natural del trabajo
social de la unidad familiar. Y lo
mismo sucederá, en cuarto lugar, con el cuarto caso alternativo
analizado:
en la sociedad colectiva global o asociación de
hombres libres, la distribución planificada del
trabajo
social será al mismo tiempo la distribución de los trabajos cualitativamente
determinados de cada
uno.
Por
el contrario, en la producción mercantil de tipo capitalista –pues Marx
considera que las formas
de
producción mercantil anteriores al capitalismo sólo desempeñaron un papel
subordinado en el contexto
de
su correspondiente modo de producción dominante (antiguo, asiático, etc.)–, aparece en la conciencia
burguesa el precio de las mercancías como una necesidad natural
porque “la apariencia objetiva de las
determinaciones sociales del trabajo” se les presenta sólo como
la apariencia de una realidad pero sin la
comprensión de esa realidad misma –y por cierto, su actitud respecto a las formas sociales
anteriores es la
misma que la de las religiones respecto a las demás religiones: la propia es verdadera porque es natural,
las otras son falsas porque son artificiales–,
por lo que es imposible que se planteen
correctamente la
pregunta crucial: ¿por qué? Más en concreto: ¿por qué en el
capitalismo adopta la producción la forma
mercantil o de valor?
Al
no entender eso, los economistas piensan que el valor es un atributo de las
cosas, mientras que el
valor
de uso les parece un atributo del hombre (la utilidad les parece algo que
implica al individuo que
consume)
que no depende tanto de sus propiedades como cosas; es decir: todo justo al
revés.
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