sábado, 22 de junio de 2013

LA INVESTIGACIÓN DE LA VIOLENCIA: UNA APROXIMACIÓN DESDE LA ARQUEOLOGÍA



VICENTE LULL, RAFAEL MICÓ PÉREZ, CRISTINA RIHUETE HERRADA, ROBERTO RISCH
CYPSELA 16, 2006. 87-108
Las reflexiones contenidas en este trabajo surgieron a
partir de una invitación a considerar el enunciado “la
violencia en la Prehistoria”. Pese a su brevedad, pronto
se hizo evidente que no se refería a un tema sencillo. A
poco de detenernos sobre los términos que lo componen,
se plantean de inmediato varios interrogantes que
encauzan dos líneas de reflexión. La primera es ontológica,
por cuanto se orienta a delimitar el objeto de
nuestra pesquisa. “Violencia” es una palabra usada
habitualmente; tanto, que ha generado un amplio abanico
de connotaciones y de especificaciones que
puede llevar a la confusión si no acotamos su territorio
semántico. Hoy en día no es extraño atribuir el calificativo
de “violentos” a una amplia gama de situaciones y
comportamientos que van desde una mirada, un gesto,
una palabra o un cachete, hasta una paliza, un atentado,
una masacre o una guerra, de forma que hay un
riesgo real de que la dispersión de los significados o la
ambigüedad de los mismos desorienten el análisis. Así
pues, es preciso que nos preguntemos: ¿cuál es esa
dimensión de la realidad humana a la que podemos
referirnos con el término “violencia”? ¿Es exclusiva de
nuestra especie o, en cambio, sus manifestaciones son
también observables en otros seres vivos? ¿Qué significados
admite y qué relaciones mantienen éstos entre
sí? En suma, y tocando quizás al meollo de la cuestión:
¿cuál es ese ingrediente que contienen ciertas cosas
para que las consideremos violentas? ¿Podría tratarse
la violencia de una apreciación más que de una evidencia,
de un criterio más que de un hecho?
La segunda línea de reflexión supone ahondar en cuestiones
de orden epistemológico. Por un lado, se trataría
de abordar la identificación empírica de los actos
calificados como violentos: ¿es posible designar acontecimientos
como propiamente “violentos”? ¿Cuáles
fueron las situaciones originales que condujeron al
establecimiento del concepto de violencia? ¿Qué tipo
de relaciones y en qué ámbitos de prácticas sociales
provocaron ese criterio distintivo? Y, si es éste el caso,
¿cómo amplió el concepto su radio de acción hasta ser
utilizado de forma indistinta para describir o enjuiciar
asuntos sociales alejados de aquel campo semántico
de origen? Por último, y en referencia a nuestra actividad
investigadora concreta, cabría preguntarse ¿cómo
podemos identificar dichas prácticas en los materiales
que analiza la arqueología? ¿Qué peculiaridades o problemas
heurísticos plantean estas evidencias? A todo
esto hay que añadir que el debate sobre la violencia
enfrenta a quienes la consideran una constante conductual
inherente a la naturaleza humana, y quienes
defienden el carácter histórico y, por tanto, variable, de
los motivos que conducen a ella. Esta controversia en
torno a las causas resulta a su vez indisociable de otros
interrogantes como: ¿es posible pensar la condición
humana al margen del signo de la violencia? ¿Todas las
sociedades resuelven sus conflictos de forma violenta?
¿Es imaginable un futuro sin violencia?
LA DEFINICIÓN DE LA VIOLENCIA:
ALGUNOS PUNTOS DE PARTIDA
La definición de “violencia” ha sido abordada desde
múltiples disciplinas científicas y humanísticas. El protagonismo
inicial corrió a cargo de la filosofía y del derecho
pero, en época más reciente, es de destacar el
interés mostrado por la psicología, la sociología, la
antropología, la pedagogía e, incluso, por la etología. Si
bien realizar un estado de la cuestión y un análisis
exhaustivo de las diferentes posturas y los debates
actuales en las diferentes disciplinas excede ampliamente
el marco de un artículo, es posible señalar algunos
enunciados en los que coincidirían la mayoría de
las propuestas1.
El tratamiento de la cuestión desde el ámbito jurídico
moderno constituye un punto de partida útil para acotar
el término2. En el mayor nivel de generalidad, violencia
alude a toda acción encaminada a impedir la expresión
libre de la voluntad individual de alguien, que
quedaría así obligada a actuar de manera contraria a su
inclinación natural o espontánea. A este respecto, se
distingue entre violencia física, que implica el uso directo
de la fuerza para conseguir dicho objetivo3, y violencia
psíquica o intimidatoria, cuando para ello se infunde
en alguien el temor fundado de sufrir un daño serio
en su persona, bienes o allegados. En ambas posibilidades,
la voluntad individual afectada por la violencia
ve disminuida e incluso anulada la responsabilidad propia,
plena y autónoma que se supone la anima en condiciones
normales. Por consiguiente, los efectos de
esta conducta condicionada pueden perder validez
legal o ser eximidos de culpa (por ejemplo, un homici-

1.- La bibliografía sobre el tema es ingente, e incluye tanto obras que abordan la cuestión de manera específica y monográfica, como trabajos
sobre otras problemáticas que la contienen. Una discusión más amplia y actualizada de los aspectos tratados en este apartado se
puede encontrar en Elwert (2004), Imbush (2004), Nunner-Winkleer (2004), Popitz (1986), Soeffner (2004), Throta (1997).
2.- Los compendios generales dedicados a temas jurídicos dan cumplida cuenta de la voz “violencia”. Pueden consultarse al respecto:
Enciclopedia Jurídica Básica (Editorial Civitas, Madrid, 1995), Enciclopedia Jurídica Española (Francisco Seix Editor, Barcelona 1910),
Diccionario Básico Jurídico (Editorial Comares, Granada, 1994), Diccionario de Derecho (Spes Editorial-Biblioteca de Consulta Larousse,
Barcelona 2002), Diccionario de Derecho (Editorial Bosch, Barcelona, 2005); también resulta conveniente repasar la extensa definición
ofrecida en la Enciclopedia Espasa-Calpe (Madrid 1932).
3.- Respetando así la raíz latina del nombre: Vis, fuerza, del que se deriva el adjetivo violens, violentis.

dio en defensa propia, un matrimonio forzado bajo
coacción o una confesión realizada mediante tortura).
De cualquier modo, la definición otorga el protagonismo
a la voluntad consciente de ejercer la violencia por
parte de alguien. La intencionalidad de la acción y su
resultado en forma de daño a otra persona en contra
de la voluntad de ésta subrayan que la violencia no es
ni un accidente, ni tampoco un juego.
Entender la violencia como la capacidad ejecutiva de
ciertos agentes para doblegar la voluntad de otros ha
provocado que su investigación aparezca ligada a la
categoría “poder”. Con el “poder” entramos de lleno en
el mundo del análisis político, abriéndose la consideración
hacia otras categorías como “soberanía”, “gobierno”
y “legitimidad”4, de las que no nos ocuparemos
aquí. Cabe señalar, no obstante, que la violencia relacionada
con el poder no involucra únicamente pares de
individuos o grupos muy reducidos de ellos, sino
amplios colectivos sociales, entendidos como etnias,
clases, naciones, estados o coaliciones. La violencia
pasa a formar parte de las herramientas destinadas a
lograr la sumisión del contrincante. Su máxima expresión
queda recogida bajo el término “guerra”, definida
de manera clásica por Karl von Clausewitz como “un
acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario”
5. Al contrario de lo que suelen transmitir los
poderes estatales a través de los medios de comunicación
de masas, los daños letales ocasionados por
los episodios de violencia interpersonal a pequeña
escala son menores que los producidos por la violencia
sistemática, aplicada estratégicamente desde las instituciones
políticas. Lejos de las fronteras de los Estados
del Primer Mundo, las guerras (auspiciadas o no por
ellos) continúan siendo el mayor factor de mortalidad
no natural o accidental en nuestro planeta. Por otro
lado, la “Guerra Fría” facilita un ejemplo reciente de la
envergadura que puede alcanzar el ejercicio de la violencia
psíquica desde los Estados más poderosos.
La consideración del poder como elemento central de
la ontología de las relaciones humanas y el reconocimiento
de su influencia en los procesos de socialización,
ha propiciado en las últimas décadas distinguir
una nueva modalidad de la violencia en sociedad: la
violencia discursiva o violencia simbólica. En síntesis,
se hace referencia a cómo desde las relaciones de
poder dominantes en cualquier sociedad se inculcan
hábitos, normas de conducta e ideologías a través del
lenguaje y del paisaje material que nos rodea. Palabras
y cosas se constituyen en símbolos que, estructurados
en discursos explícitos o silenciosos, programan en los
individuos y grupos los esquemas significativos que
rigen el funcionamiento de cualquier sociedad, siempre
según los intereses dominantes. Nada es gratuito, neutral
ni inocente: el saber social se impone violentamente
desde el poder y, en ocasiones, genera igualmente
resistencias violentas. Una cierta acepción de la violencia
discursiva está conectada con la versión marxiana
de la categoría alienación, que tendría lugar cuando se
inculca una falsa conciencia (ideología) tendente a legitimar,
negar u ocultar la cruda realidad de las relaciones
de explotación en una sociedad dada.

LUGARES COMUNES EN LAS CONSIDERACIONES
ACTUALES SOBRE LA VIOLENCIA
Suele aceptarse que la violencia, en sus modalidades
física o psíquica, persigue la modificación de las conductas
ajenas, y ocasiona generalmente daños personales
más o menos severos como consecuencia de los
medios empleados para conseguir dicha modificación
(agresión física e intimidación o amenaza). Una mirada
atenta nos revela que la relación entre estas dos manifestaciones
expresa un orden jerárquico dominado por
la violencia física; un orden al que también se pliega la
violencia discursiva o simbólica. Ello se debe a que la
violencia psíquica o intimidatoria, así como la discursiva/
simbólica sólo son efectivas si se refieren o apoyan,
siquiera en última instancia, en la fuerza realmente ejercida
por la violencia física que las precede y posibilita.
Sólo si la violencia física ha tenido lugar, puede llegar a
ser realmente efectiva la intimidación, manipulación,
coacción o amenaza que caracterizan el ejercicio de la
violencia psíquica para lograr así la sumisión y obediencia
pretendidas.
Además, existen otras razones que aconsejan subrayar
la distancia entre violencia física y psíquica. La
principal reside en las posibilidades de sustraerse a la
violencia y, por tanto, de dejarla sin efecto. En una
agresión puramente verbal, por ejemplo, el individuo
agredido puede no sentirse aludido, permanecer indiferente
o incluso entender la acción como debilidad
del contrario. En cambio, es mucho más complicado
eludir los efectos de una agresión física, ya que sólo a
nuestro cuerpo estamos irremediablemente unidos.
Así pues, y aunque tal vez no enunciado con esta claridad,
podemos adelantar que en las definiciones al
uso subyace que:
1. La violencia física funda la posibilidad para el ejercicio
de cualquier otra forma de violencia.

4.- Mediante estos y otros conceptos una consideración moral se instala en la misma esencia del concepto (qué violencia resulta punible
y cuál no; cuál legítima y cuál ilegítima), lo que supone que las sociedades que la sufren, la implantan o la secundan han de justificar,
enmascarar, denunciar u ocultar el hecho concreto considerado como violento.
5.- Clausewitz, K. von (1832/1984), De la guerra. Labor, Barcelona, 38.
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La superación de las conductas instintivas y la capacidad
de imaginación del ser humano hacen que las formas
y circunstancias en que se ejerce la violencia sean
prácticamente ilimitadas. Quizás la imprevisibilidad del
momento, lugar y forma de manifestación sean algunas
características por las que la violencia suscita tanto
terror como fascinación. De hecho, cuesta incluso
encontrarle límites. Así, aunque podría parecer que en
los casos extremos la muerte de la víctima pone punto
y final a la violencia, hasta un cuerpo sin vida puede ser
utilizado para vejar o humillar a los supervivientes,
como nos recuerda la experiencia de Antígona.
2. La violencia puede manifestarse en cualquier ocasión.
Puede llegar a parecer impredecible, ilimitada
en su concreción y carente de normas.
Sin embargo, pese a la enorme variabilidad de sus
expresiones, el protagonismo concedido a la voluntad
del agente ejecutor insiste en recordarnos que la violencia
no es aleatoria. La violencia acostumbra a definirse
como una actividad orientada a fines. Este es el
elemento fundamental que la diferencia de los accidentes,
que pueden acarrear daños terribles pero en los
que no ha mediado la intención expresa de provocarlos.
Es posible distinguir al respecto entre actos violentos
simples, espontáneos, impulsivos o reactivos
(como, por ejemplo, un hurto, una venganza, un ataque
de cólera, etc.), movidos por una finalidad inmediata, y
la violencia sistemática, racional o calculada. Sin
embargo, en una u otra eventualidad se admite la existencia
de un fin que las anima; fin que consiste en
determinar, influir o modelar los actos futuros de quien
o quienes son objeto de la violencia, o bien en anular
dichos actos para siempre si la agresión resulta letal.
En última instancia, se presume que en el ánimo del
agresor está que las nuevas conductas transformadas,
o en su caso la eliminación de las mismas, permitan
alcanzar, mantener o desarrollar un estado de cosas
deseado. En suma, la violencia se ejerce en un
momento determinado para influir en una situación previa
en cuya génesis no intervino necesariamente;
puede continuar ejerciéndose para mantener la nueva
situación y puede devenir superflua si otras condiciones
así lo dictan. La violencia constituye un medio que
se ajusta a propósitos, con independencia de que el
resultado de los actos que conlleva pueda o no ser predicho
de antemano.
3. Cuando acontece, la violencia no es aleatoria ni
puede calificarse como “gratuita”: es un instrumento
para lograr objetivos a corto, medio o largo plazo.
Todo acto violento involucra dos partes: una obra con
violencia y la otra recibe sus efectos; una ejecuta y la
otra padece. A la primera se le atribuyen el móvil, la
voluntad y la acción, lo cual equivale a concederle el
protagonismo decisivo. En cambio, a la segunda
corresponde el papel de víctima, siempre sujeto
paciente y a veces pasivo de la acción. El protagonismo
del ejecutor hace que la violencia se considere un
resultado de la voluntad y que se sobre-entienda que,
en ausencia de individuos intencionadamente violentos,
la violencia no existiría.
4. La violencia es expresión de una voluntad ejecutiva.
Como acabamos de señalar, la violencia siempre implica
dos partes contrapuestas: un(os) sujeto(s) contra
otro(s). De ahí que no pueda ser definida atendiendo
únicamente a criterios de carácter autorreferencial, íntimo,
mental o solipsista centrados en el individuo, ya
que supera el ámbito de la estricta individualidad y del
yo, y se abre al exterior. No basta con el deseo, la intención
o la resolución de obrar violentamente. La violencia
tiene que materializarse, ya sea uni, bi o multidireccionalmente.
La violencia es identificada como la
cualidad de determinados comportamientos y prácticas.
“Violencia”, como sustantivo, alude a una abstracción;
“violento/a”, como adjetivo, se atribuye a realidades
concretas.
5. La violencia no es, si no es ejercida.
En suma, los ámbitos de uso del concepto “violencia”
nos guían sobre su dirección y sentido a través de
cinco puntos que cabría resumir a su vez de la siguiente
manera:
La violencia física es el sustento de todas las otras
violencias. Todas ellas, a menudo impredecibles e ilimitadas,
parecen no respetar reglas. Sin embargo,
cuando acontece la violencia no se antoja aleatoria,
sino que obedece a una voluntad ejecutiva que se
realiza en el cuerpo y la voluntad de otro(s).
En las próximas líneas, analizaremos por qué esta primera
aproximación al concepto “violencia” se manifiesta
insuficiente.
LAS CONDICIONES PARA PENSAR LA VIOLENCIA
El ejercicio de comentario y síntesis que acabamos de
realizar tiene de positivo el haber subrayado los acentos
semánticos que modulan el estado actual de la
cuestión. Uno de los acentos más frecuentes consiste
en dar por sentado que hay actos violentos evidentes
en sí mismos, donde se dan cita ejecutores y víctimas
que desempeñan sus respectivos papeles según
marca un guión muy preciso: intención o voluntad, acto
y efecto. Sin embargo, lo cierto es que no hemos
expuesto las razones por las que debiéramos dar por
sentado precisamente dicho guión. Es más, confesamos
que nos asalta la duda de si, al admitir la existencia
de un objeto llamado “violencia” como algo ya establecido,
no estaremos desempeñando también nuestro
papel dentro del mismo guión; tal vez el de un narrador
que conduce a la audiencia por los caminos previsibles
de un sentido tan común como incuestionado.
Recuperar el sentido original nos obliga en primer lugar
a interrogar la etimología de la palabra que lo nombra,
aquélla que vincula “violencia” y “fuerza”.
Los seres vivos, entre ellos los humanos, viven; es
decir, satisfacen lo que exige su vivir. Si consideramos
que “violencia” es sinónimo de “fuerza”, afirmaremos
que los seres vivos siempre actúan violentamente. Sin
embargo, con ello habremos ampliado tanto el campo
de significación del término que lo convertiremos en
inservible o en superfluo por redundante. Todo podría
ser violento o violentado, porque la materia que compone
el Universo está sujeta a múltiples juegos de fuerzas.
Entre muchas otras acciones, se mata para comer,
incluidos los herbívoros. ¿Sería violento un rebaño de
cabras al arrasar la vegetación de una colina? ¿Es violento
el camaleón al atrapar y engullir a una mosca? …
¿Es violento un parto? Nada ganaríamos si respondiéramos
afirmativamente a todo, porque al hacerlo no
sólo equipararíamos el significado de “violencia” con el
de “fuerza” (fuerzas en acción), sino incluso con el de
“vida”. En la Tierra, como ecosistema global, todo influye
sobre todo. La cabra, las plantas, el camaleón y la
mosca responden a lo que dicta su vivir individual dentro
de lo genérico de sus especies y de las relaciones
que mantienen. Uno vive consumiendo; uno muere y es
consumido.
Así pues, homologar “fuerza” y “violencia” no nos permite
avanzar. “Fuerza” hace referencia a un ámbito
general, de hecho universal. En cambio, “violencia”
debería aludir a una cualidad presente en ciertas manifestaciones
supuestamente identificables en el mundo
de los asuntos humanos. Al inicio de este apartado
exponíamos que al abordar el tema de la violencia se
acostumbra a hacer hincapié en la relación entre ejecutor
movido por fines, medio instrumental de que se
sirve éste (fuerza física o discurso) y sujeto influido o
víctima. Ahora bien, la naturaleza de la vida social se
caracteriza precisamente por el contacto, la relación y
la influencia mutuas. Ningún individuo se halla al margen
de todo ello, a no ser que idealicemos un estado
de aislamiento imaginario y lo convirtamos en una
esencia inmutable, como cuando inventamos dioses.
Por tanto, seguimos encallados en nuestro empeño
porque el significado de la violencia sigue sin emerger
con claridad ¿Cuándo una palabra pasa de halago a
amenaza? ¿Cuándo un cachete es muestra de simpatía
y cuándo medio de humillación? ¿Cuándo el látigo
provoca terror y cuándo es instrumento de placer?
Intentémoslo de nuevo desde otras bases. La vida
humana requiere de una serie de condiciones materiales
que en parte brinda la naturaleza y en parte producimos.
La producción social procede de la vida en
común, por la imposibilidad de valernos y reproducirnos
individualmente. Producir implica, además de fuerza
física, materias primas, herramientas, conocimientos,
comunicación, atender y fijar objetivos comunes e
implementar los medios para alcanzarlos. En suma, la
producción presupone apoyo mutuo. De esta manera,
fomenta rutinas de convivencia, determinadas y determinantes
de la vida social. Cabe imaginar que en un
contexto como éste no habría lugar para algo llamado
“violencia”, pues el apoyo mutuo no la requiere. No
habría lugar para la violencia mientras no se viera alterada
esa situación. Por tanto, hay razones para desconfiar
de que la violencia esté enraizada en el código
genético humano y que, desde ahí, fundamente las
normas sociales.
La respuesta a la pregunta de qué prácticas van a ser
entendidas o traducidas como manifestaciones de
“violencia” no resulta ajena a la condición de quién(es)
se halla(n) en condiciones de sentirla. En principio, y
también en un principio, sólo corresponde a quien
padece calificar algo como “violento”. Éste puede carecer
de herramientas para distinguir la causa de su
pena; mostrarse incapaz de identificar los agentes que
de alguna forma la procuraron; sólo distingue la violencia
como otra forma, desagradable o incluso cruenta,
de lo que siente de las cosas que la vida le depara. Por
ello, puede creer que semejante sufrimiento procede
de un lugar impersonal por inasible e inevitable, llegando
incluso a considerarse culpable o responsable del
trato que padece. Difícilmente describirá lo que siente
con la raíz del sustantivo “fuerza”, pues, como ya sabemos,
la fuerza es un activo universal y ubicuo que no se
reduce a ocasionar daño. Para nombrar una situación
de este tipo sería más adecuado acudir a una raíz que
connotara dolor, pena o sufrimiento.
Estas sensaciones desfavorables producen una noción
primaria de la violencia, enteramente subjetiva, cuando
se convierten en sentido, es decir, cuando se discierne
su lugar de procedencia. Sólo comenzamos a identificar
pena o dolor con violencia cuando apreciamos,
acertadamente o no, intencionalidad en la acción y, por
tanto, a un causante. Ahora bien, para que aquella sensación
desfavorable se convierta en concepto todavía
es necesario que el sentido subjetivo inicial se exteriorice,
se realice en criterio intersubjetivo. Al comunicar
experiencias similares y detectar concatenaciones
recurrentes de hechos, los seres humanos somos
capaces de establecer con-secuencias que alimentan
la razón y nos sugieren significados para las cosas que
nos ocurren. Así, el dolor deja atrás la sensación subjetiva
y edifica un concepto, en este caso el de “violencia”,
comprensible para quienes desde ese momento
pueden nombrarse y reconocerse como “violentados”.
Se aparca entonces cualquier azar y desaparece la
indeterminación en cuanto a la fuente del dolor. El
conocimiento recién adquirido por el grupo violentado
reiteradamente será un instrumento para la acción
coordinada si ésta llegase a ser emprendida.
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Todas estas experiencias y nociones permanecen inadvertidas
para quien procura el daño que sienten otros.
Aquel sujeto satisface su vivir, inconsciente del sufrimiento
que acarrea. Incapaz de sentir lo que otros sienten
y acomodado en sus rutinas, no puede articular un
concepto apropiado para lo que desencadena su proceder.
Dado que sólo reconocemos la violencia cuando
la consumimos (cuando la sufrimos), quien la propicia
puede habitar en la paradoja de desconocer-la y de
no saber-se violento al no sentir-la. En esta situación, la
violencia todavía no existe como concepto ni como
proyecto consciente en quien procura las condiciones
que acaban provocando daño a otro. Por consiguiente,
no cabe suscribir el planteamiento que entiende la
violencia como un concepto preexistente, dado o inherente
a la condición humana, del que se sirve intencionadamente
un sujeto ejecutor para la consecución de
sus fines.
Así pues, en una primera instancia la violencia no se
ejerce; su origen se sitúa en el padecimiento de algunos.
La violencia se sufre, consume a quien la siente;
se halla del lado de la pasión, del sufrimiento, pacientemente
agazapada en ciertas condiciones de la realidad
hasta que nos invade, sujeta y somete.
Recurrencia en el sufrimiento y comunicación entre
quienes lo padecen constituyen las condiciones para
compartir un sentimiento de dolor que comenzaremos
a denominar “violencia”.
La violencia adquiere un sentido plenamente social
cuando quienes procuraron el padecimiento de otros,
lo padecen a su vez. Aunque haya sido padecida con
anterioridad por algunos individuos, la violencia sólo
alcanza un estatuto como objeto reconocido socialmente
con el conflicto; es decir, cuando el padecimiento
deja de ser patrimonio de unos cuantos.
La violencia consume a los consumidores (a quienes la
sufren) en la medida que se amortiza en ellos y éstos
no edifican contrapuntos en forma de revueltas. Las
ideologías que reclaman soportar resignadamente la
violencia ajena suelen fortalecer o justificar violencias
de dirección única, y negar los itinerarios de vuelta
necesarios para superar esa pasión hasta entonces
sólo sentida por unos. Violentar a quien procuraba las
condiciones para la violencia inaugura una dialéctica
efectiva del conflicto que desemboca en la toma de
conciencia de la violencia por ambas partes, reconocidas
a partir de ahora como tales. La violencia deviene
entonces moneda de curso legal, nombrada desde la
parte activa que la propicia ya intencionadamente.
“Castigo”, “tortura” o “venganza” contribuirán a poblar
un paisaje de la violencia en el que se distinguirán los
contornos de territorios irreconciliables, sustentados en
acciones efectivas y adornados por expresiones estéticas
que recubren universos de valores también irreconciliables.
El recurso a la “fuerza” como alusión
semántica resultará, de esta manera, posible, propicio
y oportuno. Justamente ahí se produjo el nacimiento de
la “violencia” como objeto de razón y herramienta de
conocimiento; como algo pensable socialmente porque
corresponde ya a una realidad también vivida y
sentida por todos. Una vez en ese punto de apogeo de
uso y comunicación, el concepto puede ampliar su
espectro hasta ser utilizado a discreción para describir
o valorar cuestiones alejadas de los ámbitos empíricos
y semánticos donde dicho concepto fue construido. La
“violencia” será entonces atributo sólo de los otros, inocua
o intolerable, legítima o ilegítima, proporcionada o
no, etc., etc.
Este es el trasfondo que enmarca y define un tema titulado
“violencia”, ya sea en términos genéricos o en
manifestaciones históricas concretas. Los conflictos
del pasado se hallan en la génesis de lo que hoy consideramos
“la violencia”, mientras que los conflictos
que nos asaltan en el presente conforman nuevas violencias
y suscitan problemas que obligan a la investigación
a cambiar sus prioridades o a revisar sus resultados.
EL CENTRO DE ATENCIÓN: LA VIOLENCIA FÍSICA
Conviene tener presente que la violencia física es siempre
efectiva, por cuanto sólo es en cuanto es padecida
por ciertos individuos, ya sea en solitario o en grupo.
Sin embargo, este sufrimiento propicia o dispone una
segunda dimensión, esta vez afectiva, por cuanto aquel
padecimiento, contemplado en directo o comunicado
por medios diversos, es capaz de influir en quienes no
sintieron la violencia física efectivamente, en primera
persona. Es esta capacidad de afectación la que sienta
las condiciones de posibilidad de las violencias psíquicas
y simbólico-discursivas. Así pues, la violencia
física se erige como la forma superior de violencia que
condiciona o posibilita las restantes (supra), una condición
que justifica que su análisis preceda a cualquier
otro. Reconocida esta importancia, centraremos en ella
nuestra atención a partir de ahora. En el apartado anterior,
nos referíamos al origen de la violencia en general
cuando hay seres humanos que padecen reiteradamente
(y, por tanto, no accidentalmente) por los actos
propios de la satisfacción del vivir de otro(s); esta violencia
es física cuando dicho sufrimiento procede de un
daño corporal serio, que puede conducir incluso a la
muerte de quien lo padece.
Tal y como señalábamos al referirnos genéricamente a
la violencia, los actos de violencia física no siempre
revelan o desembocan en un conflicto. Individuos y
grupos pueden padecer físicamente de manera reiterada,
sin que el daño provoque más reacción que la
resignación, la rabia contenida o incluso un sentimiento
de autoculpabilidad. Sólo en determinadas circunstancias
la violencia física deja de ser únicamente padecida
por quien la recibe y desemboca en conflicto, o
sea, se convierte en bi o multidireccional. En dichas circunstancias,
quien primero experimentó la violencia en
cuanto tal, el paciente, reacciona en el mismo orden de
violencia física. La guerra es la manifestación más completa
y extrema del conflicto.
Cuando la violencia física ha cobrado carta de naturaleza
social mediante el conflicto, se identifica en aquellas
prácticas sociales (entre dos individuos en su mínima
expresión) en la que uno(s) y/u otro(s) de los sujetos
involucrados se sitúan en posición de objetivos, en calidad
de sujetos agredidos o pa(de)cientes. En este contexto,
cada episodio es ya un acto intencionado de
agresión. Ésta se traduce en primera instancia en
daños en la integridad física de quien o quienes la
padecen, daños que, como hemos señalado, pueden
llegar a ser letales. La violencia física puede ser padecida
por individuos aislados o por colectivos.
La violencia física siempre es consumida; un consumo
finalista, un lugar sin retorno. Incluso quienes la consumen
(quienes la sufren) en primer lugar reaccionan miméticamente
produciendo violencias que otros consumirán.
La violencia violenta el circuito de la producción misma.
Los diferentes momentos del proceso productivo (producción,
distribución y consumo) y la reproducción social
quedan desde entonces condicionados. Las prácticas
violentas involucran productos, que son consumidos al
acontecer aquéllas y que, eventualmente, resultan extinguidos
o amortizados. Las actividades violentas suponen,
en primera instancia, consumo y destrucción, nunca
producción material. Sin embargo, sus efectos pueden
condicionar o favorecer nuevas formas de producción
económica y organización social.
Cuando olvidamos el puntal que constituye la violencia
física, nos creemos liberados y perdemos la capacidad
de distinguirla entre las normas que nos instruyen, las
convenciones que nos obligan y las actividades laborales
que nos raptan. Perder de vista lo que la violencia
física sustenta, disimula las formas que ella misma
construye y tras las que se oculta.
EL PORQUÉ DE LA VIOLENCIA FÍSICA
El interés por la violencia física viene de lejos, tal vez
porque ya desde antiguo se reconoció su jerarquía con
respecto a otras posibles formas de violencia. En la
sociedad occidental, se ha tendido a explicarla aludiendo
con frecuencia a supuestas características biológicas
o psicológicas inherentes al ser humano. Para
estas posturas esencialistas, la violencia simplemente
forma parte de la naturaleza humana. Una lógica esencialista
similar conduce, en cambio, a identificar las
fuentes de la violencia en la incompatibilidad entre las
concepciones mantenidas por distintos grupos sociales
en torno a lo que cada cual es. Otras propuestas
han incidido en las relaciones políticas dentro de los
colectivos humanos. Dado que los actos violentos tienen
efectos en las relaciones de poder, las instituciones
políticas y, en particular, el Estado, harían uso de aquéllos
en menor o mayor medida para imponer, mantener
o transformar el orden social. En el caso de los
Estados, el monopolio de la violencia detentado por
éstos les conferiría un poder absoluto sobre la vida y la
muerte de las personas, siendo a la vez el miedo al
castigo y a la muerte un seguro para el mantenimiento
de la propia organización estatal. Finalmente, a la vista
de los beneficios materiales que pueden llegar a generar,
deben considerarse las razones económicas de los
actos violentos entre personas o colectivos. Sin ir más
lejos, muchas de las guerras actuales pueden considerarse
“privatizadas” por no tener como protagonistas a
los Estados, y perseguir únicamente beneficios económicos
para ciertas corporaciones empresariales6.
En definitiva, los razonamientos para explicar la violencia
física abarcan desde argumentos esencialistas
inherentes a la condición humana, hasta cálculos concretos
de costos y beneficios carentes de sentido fuera
de un determinado contexto histórico y social.
Analicémoslos más de cerca.
ESENCIAS BIOLÓGICAS Y PSICOLÓGICAS:
LA NATURALEZA HUMANA
Las explicaciones de raíz biológica consideran la violencia
física como la expresión natural, instintiva, de
conductas agresivas características de la especie
humana (aunque no exclusiva de ella, como revela la
etología), y en especial, de los hombres. Según este
planteamiento, la agresividad masculina, potenciada
hormonalmente por la testosterona, tendría en origen
mucho que ver con el comportamiento violento y competitivo
que los machos de otras especies mantienen
para acceder de forma privilegiada al contacto sexual
con las hembras, o bien cuando defienden los territorios
donde vive el grupo ante la llegada de intrusos.
Tampoco se halla lejos de esta explicación el convencimiento
de que la caza constituye una de las características
fundamentales del género humano desde sus inicios,
y el que se asuma que sus protagonistas son de
nuevo masculinos. Desde esta perspectiva, la violencia
interpersonal no sería sino una manifestación derivada
del “instinto asesino” del cazador.
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6.- Se calcula que esta denominada Nueva Economía del Terror llega a representar más del 5% del producto mundial bruto (Napoleoni
2004).
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Otras maneras de enfocar la cuestión recogen ecos de
Hobbes y conceden el mayor peso explicativo al instinto
de supervivencia y conservación individual. Por
decirlo así, en un mundo competitivo y egoísta “por
naturaleza”, “la mejor defensa es el ataque”. De ahí que
el Hombre acabe siendo “un lobo para el Hombre” y
que, por tanto, merezca ser definido como un “primate
asesino e individualista”7. Finalmente, las versiones
teñidas de darwinismo social confunden el principio de
la selección natural del más apto (Darwin) con el que
afirma el triunfo del más violento: en la jungla que es la
vida, o matas o mueres. La violencia se entiende así
como una conducta adaptativa orientada a la supervivencia
y, en consecuencia, guiada por y acorde con los
dictados del mundo natural.
El mismo elemento competitivo que en las explicaciones
anteriores, aunque no tan estrechamente connotado
en masculino, se manifiesta en los argumentos
de corte psicológico. En virtud de éstos, a la
personalidad humana se atribuyen pulsiones o rasgos
del carácter que impulsan a la autoafirmación y,
por ende, a la violencia: la sed de poder, la búsqueda
de prestigio (reconocimiento), estatus y dominio,
la ambición, la envidia, la rabia, el odio, la furia o la
venganza.
Las explicaciones esencialistas basadas en elementos
supuestamente inherentes a la naturaleza humana, ya
sean ligados a la biología o a la personalidad, son forzosamente
incompletas. La razón de ello es que en la
naturaleza humana tienen cabida todo tipo de comportamientos,
violentos y no violentos, que se reparten de
manera discontinua en el tiempo y en el espacio. La
propia variabilidad en las formas, circunstancias y motivos
en que se expresa la violencia cuestiona la posibilidad
de reducir este comportamiento esporádico a una
programación impresa en el código genético. Por
tanto, si genéricamente “lo humano” es tan diverso, no
podemos recurrir a ello para explicar un conjunto concreto
de manifestaciones. Consideramos más correcto
afirmar que la naturaleza humana “predispone a…”,
ofrece un rango de potencialidades de variado signo,
pero no determina la orientación, violenta o pacífica, de
la variabilidad en las conductas concretas. La capacidad
humana para agredir puede tomarse como una
condición necesaria para ejercer la violencia física
(otros animales y plantas, como los mejillones y los
geranios, no son capaces de hacerlo entre sus congéneres),
pero no como condición suficiente para explicar
los episodios reales de violencia en que se materializa.
Siempre faltará, en definitiva, un factor causal que complete
o, mejor dicho, catalice, una supuesta predisposición
innata.
ESENCIAS IDEALES: LA IDENTIDAD
Hay otras explicaciones de carácter esencialista que se
ajustan mejor a la rúbrica de “metafísicas”. En este
caso, la esencia no radica en el cuerpo o la psique de
los individuos considerados por separado, sino en una
Idea compartida por un colectivo. Según esta perspectiva,
el “cemento” que cohesiona a todos los grupos
humanos, establece sus límites y, además, orienta las
actitudes y conductas de sus miembros, se compone
de una combinación de normas y valores ideales a la
que nos referimos con denominaciones como “cultura”,
“civilización”, “etnia”, “nación” o “religión”. Se
supone que sin esta configuración mental, genéricamente
humana aunque polimorfa en sus expresiones
concretas, se carecería del sentimiento de identidad y
de los criterios de significación y actuación imprescindibles
para mantener una vida en común. Compartir
una forma de ser presupone cotidianeidad social, un
determinado lugar en el mundo y una perspectiva
desde donde ver las cosas. De ahí que se suponga que
semejante acuerdo tienda a conjurar la discrepancia y
el conflicto internos, e inhiba la violencia. En sentido
inverso, disentir en los valores que inspiran cada forma
de ser se traduce en una merma de la capacidad de
acuerdo y abre la puerta para el conflicto entre los grupos.
En este momento nos situaríamos en la disyuntiva
que plantea “o con nosotros o contra nosotros”. En
suma, los grupos humanos se excluyen y enfrentan
cuando las diferencias en las esencias mentales que
los identifican, conforman y aglutinan se convierten en
intolerables. Desde esta perspectiva, aquellos colectivos
que tengan precisamente la violencia como seña
de identidad serían los más proclives a considerar intolerables
las diferencias respecto a otros; es decir, a ser
más intolerantes. En cualquier caso y finalmente, se
cree que el desarrollo de la violencia física estaría sujeto
a reglas y normas coherentes con el esquema mental
que define cada forma de ser. No habría irracionalidad
en el ejercicio de las acciones violentas, sino tantas
racionalidades como esencias en disputa.
El esencialismo metafísico olvida oportunamente que
son las formas de hacer las que conllevan formas de
sentir y de estar en común, y que el ser, en su despliegue
histórico, siempre se debe a ellas. Por ello, recibe
una crítica similar a la de los esencialismos biológicos o
psicológicos comentados antes. Los grupos humanos
pueden representarse a sí mismos como cementados
por un conjunto u otro de valores, pero ello no conduce
por sí solo a entrar en conflicto con otros grupos. Al
contrario, muchas sociedades se distinguen por su elevada
capacidad de integración de valores, personas o
7.- Piggott, S. (1965), Ancient Europe. From the beginnings of Agriculture to Classical Antiquity. Edinburgh University Press, Edinburgh.
cosas inicialmente extraños. La curiosidad y la capacidad
de establecer vínculos no sólo sexuales con otras
personas constituyen potencialidades del ser humano
cruciales para el establecimiento de relaciones cooperativas.
En suma, las diferencias ideológicas no tienen
por qué traducirse en conflictos continuos, ni siquiera
esporádicos. Pertenecer a una determinada comunidad
de creyentes no basta para excluir ni violentar a
otra comunidad. Cuando ello ocurre, tampoco basta
con aludir exclusivamente al choque de esencias (las
esencias, en cuanto tales, se excluyen siempre por
definición), sino que de nuevo falta un factor detonante
o condicionante ajeno a tales esencias. En definitiva, la
disparidad de nuestros impulsos y capacidades delatan
la insuficiencia del choque entre esencias metafísicas
para explicar el desencadenamiento de la violencia.
CAUSAS POLÍTICAS: VIOLENCIA Y PODER
Un segundo conjunto de explicaciones de la violencia
física coincide en señalar la historicidad de sus causas,
sobre todo cuando dicha violencia tiene lugar entre
colectivos sociales. Así, en términos funcionalistas se
considera que la guerra posee en muchas sociedades
el rango de institución y que sirve a fines diversos,
desde el control demográfico hasta la reafirmación de
la autonomía política de las comunidades locales,
pasando por la construcción de roles sociales mediante
la exaltación de un ethos vinculado al desarrollo de
la actividad bélica (valentía, entrega, sacrificio, disciplina,
etc.)8.
Sin embargo, una de las conexiones más aceptadas
vincula directamente violencia física y política, se desarrolle
ésta por cauces institucionales o no. Maquiavelo
y Clausewitz constituyen dos hitos en la raíz de esta
línea de pensamiento dentro de la tradición occidental9.
En virtud de estos planteamientos, la violencia física
forma parte del desarrollo de la política; es una manifestación
política en sí misma, con características distintivas
y con medios materiales específicos. Hay que
reconocer a Maquiavelo el haberlo enunciado con
suma claridad, gracias a lo cual abrió el camino para
discernir entre las prácticas violentas reales que acompañan
el ejercicio del gobierno y las moralidades que
las disfrazan10. También a Clausewitz, quien puso de
relieve los vínculos estrechos entre la guerra y la política,
supeditando siempre la primera a la segunda11. En
uno u otro caso, las necesidades de la actividad política
en cada momento histórico, la oportunidad estratégica
según la composición de los juegos de fuerzas en
acción, desencadenaría la violencia como medio para
alcanzar los fines fijados. Dado que desde esta perspectiva
suele equipararse política y poder, la violencia
constituiría un instrumento, entre otros, destinado a
adquirir, conservar o aumentar el poder ejercido por
una persona o grupo de personas. La violencia física
habitaría plenamente en el lugar de la política, junto a
las otras formas de violencia que dependen de ella, y
también de las formas de deliberación, persuasión y
acuerdo no mediadas por la fuerza y la intimidación.
Desde estos planteamientos suele considerarse la violencia
como algo que está ahí, en cualquier parte; algo
que se puede blandir y descargar contra otros; un instrumento
en manos de algo que llamamos poder. El
poder conforma el ámbito del que surge la violencia,
situándose junto a ella del lado de la acción: el poder
en tanto condición, la violencia como ejecución. La violencia
encuentra justificación en el poder, y éste se realiza
en la violencia, la expresión más fidedigna de su
existencia. Ambos conceptos conviven en un proceso
de circularidad que los requiere alternativamente.
Tradicionalmente, el Poder (con mayúsculas) se ha
considerado estrechamente ligado al gobierno, preferentemente
de tipo estatal. El poder es el pilar de la
soberanía, y sin soberanía no existe gobierno. De esta
forma, el marido en la familia y, sobre todo, las institu-
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8.- El control demográfico no devendría sólo por la pérdida directa de vidas a raíz de los combates, sino en mayor medida por las normas
sociales que estimularían la crianza de hijos varones (futuros guerreros, se entiende) en lugar de mujeres (véase, por ejemplo, Harris,
M. (1979/1985), El materialismo cultural. Alianza, Madrid, p. 86). Para un repaso de los restantes motivos, puede consultarse a modo de
introducción Clastres, P. (Arqueología de la violencia: la guerra en las sociedades primitivas. Fondo de Cultura Económica, México, 2004)
y Haas, J. (The Anthropology of War. Nueva York, Cambridge University Press, 1990).
9.- Otras tradiciones filosóficas también reconocieron desde antiguo esta vinculación. Véase, a modo de ejemplo, Sunzi (2005), El arte
de la guerra. Trotta, Madrid, 107, 126, 167-168, 206-207.
10.- “Debéis, pues, saber que hay dos modos de combatir: uno con las leyes; el otro con la fuerza; el primero es propio de los hombres,
el segundo de las bestias; pero, puesto que el primero muchas veces no basta, conviene recurrir al segundo. Por lo tanto es necesario
que un príncipe sepa actuar según convenga, como bestia y como hombre” (N. Maquiavelo, El Príncipe (edición de Helena
Puigdoménech). Cátedra, Madrid, 1992, 138).
“Surge de esto una duda: si es mejor ser amado que temido o viceversa. La respuesta es que convendría ser lo uno y lo otro; pero como
es difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro ser temido que amado cuando se haya de prescindir de una de las dos” (ibid.,
p. 135).
11.- “(…) la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política,
una realización de la misma por otros medios. Lo que queda aún de peculiar a la guerra se refiere solamente al carácter peculiar de los
medios que utiliza (…) el propósito político es el objetivo, mientras que la guerra es el medio, y el medio no puede ser nunca considerado
separadamente del objetivo” (Karl von Clausewitz, De la guerra. Labor, Barcelona, 1984, 58).
“Todas las guerras deben ser consideradas como actos políticos” (ibid., 59).
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ciones del Estado en el territorio constituyen las fuentes
principales de donde emana el poder. Hoy, en cambio,
para definir el poder suele recurrirse a un intangible
mucho más ubicuo que, curiosamente, nos parece tan
real como el aire y a través del cual nos creemos capaces
de definir la atmósfera de nuestra especie. Como
un espectro ávido de ejecución, el poder parece vagar
por todos los lugares acechando, esperando la ocasión
para expresarse. M. Foucault supo sacarle punta a esta
intuición: “en todo lugar donde hay poder, el poder se
ejerce. Nadie, hablando con propiedad, es su titular y,
sin embargo, se ejerce en determinada dirección, con
unos a un lado y los otros en el otro; no sabemos quién
lo tiene exactamente, pero sabemos quién no lo
tiene”12. El poder, efectivo y contingente al mismo tiempo,
punto de partida en suma, produciría diversos tipos
de violencia, violencia entendida como la consumación
del poder ejecutivo y, por tanto, uno de sus puntos de
arribada. Esta consideración de la violencia como algo
situado más cerca de nosotros, reconocible en el dolor
que engendra (un sentido más que una consideración),
hace que descuidemos su análisis por el de investigar
su presunta causa y condición, el poder. Decidimos
entonces analizar el poder descuidando su instrumento
ejecutivo, quizás para escapar de la realidad y alcanzar
la serenidad de quien posee las condiciones (materiales)
para superar idealmente el mundo. Y cuando
pensamos así, nos diluimos enganchados en los conceptos.
Poder y violencia parecen residir en el modo activo y
productivo de los sujetos. Ambos se reconocen en
tanto que se ejercen, aunque en realidad sean los efectos
los que los manifiestan. Se sugerirá incluso que la
violencia constituye un uso especial del poder, obviando
que, desde el momento en el que se expresa, la violencia
es el poder mismo, condición y efecto a la vez.
Las causas sólo son en cuanto sus efectos se consuman
o nos consumen. El mundo existente es siempre
una consecuencia producida en un acontecer tan causal
como propicio o requerido. Si nuestro interés estriba
en descubrir las causas de lo existente, pero éstas se
proponen a partir de supuestos ubicuos y totalizadores,
estaremos dando la espalda a la realidad que investigamos.
Si el poder no se manifiesta mediante atributos
reconocibles, sólo existe en la imaginación de quien
cree detentarlo o adivinar quién lo ejerce; en cambio, si
alguien sufre sus consecuencias, sean físicas o psíquicas,
la referencia de su ejecución tiene que haberse
experimentado con anterioridad, retenida la vivencia en
la memoria, ocupado un lugar en la sociedad, sea en los
cuerpos de los individuos o en el imaginario y la instrucción
sociales, y establecido las condiciones de su acontecer.
La proposición “el poder teje todos los hilos”, pretende
reinstaurar a Dios y olvida definitivamente que fuimos
los humanos quienes estuvimos en el origen de
todas las divinas comedias; o, de otro modo, se limita
humildemente a reconocer que la vida puede en tanto
es vida, en tanto condición de vida. El poder, al ocuparlo
todo, a nada concreto aludiría.
Intimidación, represión, instrucción, coerción, obligación
…, creemos que todos son nombres que damos
a la manifestación y consecuencia del poder. Al no concebir
acción sin poder que la anime, hemos antepuesto
el poder como abstracción de la acción. Edificamos
tras ese sustantivo abstracto la realidad del mundo,
cuando lo que podemos saber y certificar es que intimidación,
instrucción, coerción u obligación fueron
nombres que otorgamos a las cosas que se padecieron
y que podemos luego identificar como formas de
violencia. Formas que siempre reconocemos desde el
punto de llegada, pasivo y paciente, que lo ha sentido.
La política, al igual que la violencia, se manifiesta en
múltiples formas e circunstancias. Si reducimos política
a poder, prácticamente nos resignamos a aceptar que
la convivencia entre personas, aquello que llamamos
sociedad, se convierte en una ficción sin el ejercicio de
la violencia. No obstante, si concebimos la política
como cualquier forma de establecer los fines y los límites
de una actividad conjunta por parte de un grupo de
personas, entonces la violencia, al igual que el consenso
y el apoyo mutuo, ocupan un lugar entre los medios
posibles para alcanzar un determinado objetivo social.
La sintaxis de la política estriba en responder a los interrogantes
qué – cómo – con quién – para quién o para
qué; la de la violencia, como instrumento del poder, se
limita a quién – qué – a quién. Así, podríamos decir que
el poder ejecutado mediante violencia sólo representa
una de las posibles respuestas de la política a la cuestión
del cómo. Los mismos principios son válidos para
el comportamiento de las instituciones políticas, auténticas
encargadas de velar por el cumplimiento de los
proyectos colectivos o de las imposiciones de un grupo
restringido sobre el conjunto de la sociedad. Cabría
concluir que, al igual que la condición humana contiene
la capacidad de dañar y la posibilidad de ser dañado,
tampoco la política es por sí misma el motor que da
explicación a los actos de violencia.
CAUSAS ECONÓMICAS: PROPIEDAD
Y PRODUCCIÓN
Hay que reconocer a K. Marx haber sentado las bases
para relacionar política y producción material, rescatándola
así del reino arbitrario de la voluntad y de las
12.- M. Foucault (1981), Un diálogo sobre el poder. Alianza Editorial, Madrid, 15.
pasiones humanas. La política tiene que ver con los
asuntos sociales, presupone objetivos que exigen
medios, y debe materializarse para poder ser reconocida
como tal. Si, como acabamos de argumentar, la
“política” en general o la categoría más concreta de
“poder” no remiten a su vez a otros condicionantes,
pueden convertirse en abstracciones que alimenten
otras formas de esencialismo psicológico. La política
no constituye un ámbito irreductible de la vida social,
sino que depende de otros. Además, por sí mismo el
término “política” designa un campo tan amplio que el
mero hecho de vincularlo genéricamente con la violencia
no supone un avance significativo respecto a otras
posibilidades. Por ello, quisiéramos concretar más el
sentido de dicha relación y proponer aquí que:
La configuración de la violencia física se halla influida
decisivamente por las políticas en torno a las
relaciones de propiedad, entendidas éstas como la
plasmación jurídica de las relaciones de producción
dominantes en cada momento histórico.
La conexión entre política y propiedad no es nueva. Para
autores clásicos del pensamiento político, como Hobbes,
Locke y Rousseau, la propiedad y el origen de la sociedad
civil y del gobierno estaban estrechamente relacionados,
aunque por diferentes motivos. Para Hobbes, el
derecho de propiedad individual sólo puede darse gracias
a la tutela del Estado, el único que con su fuerza
superior garantiza que cada cual disfrute en paz de la
exclusividad que supone este derecho. Locke, en cambio,
entendió la propiedad como un derecho innato y
situó su origen en el trabajo individual, efectivo desde los
tiempos de un estado de naturaleza prepolítico. En este
sentido, la principal razón de ser de la sociedad civil, la
política, el gobierno y las leyes, fue precisamente salvaguardar
la propiedad individual. Rousseau también remitió
la propiedad al trabajo individual, pero, a diferencia de
los dos filósofos anteriores, vio en la propiedad privada el
resultado de una imposición de la voluntad y, por ende, el
origen de las desigualdades y de los males, abusos e
injusticias que ello ha acarreado al género humano.
Marx, en principio, se sitúa en la estela que abrió Locke
al relacionar trabajo y propiedad, pero también en la de
Rousseau y Hegel, para quienes “propiedad” designaba
lo propio de la relación del sujeto con el mundo
material en el que vive y gracias al cual vive. Así, en
ciertos pasajes de la obra de Marx “propiedad” aludiría
a la relación entre los sujetos y las condiciones materiales
en que se desarrolla su vida:
“Originariamente, por lo tanto, propiedad no quiere
decir más que relación del hombre con sus condiciones
naturales de producción como con algo que
le pertenece, que es suyo, como con algo presupuesto
juntamente con su propia existencia; relación
con las mismas en cuanto presupuestos naturales
de sí mismo, que, por así decirlo, constituyen
solamente una prolongación de su cuerpo”13.
Sin embargo, y a diferencia de la tradición inaugurada
por Locke, el trabajo no era para Marx una actividad
productiva realizada por individuos autónomos.
La imagen del trabajador aislado que asume todo un
proceso de producción y que con su esfuerzo se
gana la propiedad de aquéllo que ha producido pertenece
al mundo de la ficción. Para él, el trabajo carecía
de sentido fuera de la producción, una producción
siempre social. El trabajo tiene lugar en el marco
de una determinada división del trabajo, que lleva
consigo una distribución desigual tanto de la actividad
laboral como de sus productos. De hecho, Marx
emplea una doble acepción de “propiedad”. Por un
lado, acabamos de ver cómo utilizaba el término para
referirse a la relación de los sujetos con las condiciones
materiales de la producción. No obstante, por
otro lado también se refirió a la apropiación de tales
condiciones en beneficio privado de quienes, gracias
a ello (y paradójicamente), irán abandonando la participación
en la producción para instalarse cada vez
más firmemente en el polo del consumo individual.
En los Manuscritos económico-filosóficos (1844)
escribía ya:
“La propiedad privada es producto, resultado, consecuencia
necesaria del trabajo enajenado, de la
relación externa del obrero con la naturaleza y consigo
mismo. Consiguientemente, llegamos a la propiedad
privada mediante el análisis del concepto de
trabajo enajenado, o sea, el hombre enajenado, la
vida enajenada”14.
Poco después, en La Ideología Alemana (1845-1846),
comenzó a dar contenido histórico al surgimiento de la
propiedad.
“Con la división del trabajo, que lleva implícitas
todas estas contradicciones y que descansa, a su
vez, sobre la división natural del trabajo en el seno
de la familia y en la división de la sociedad en diversas
familias contrapuestas, se da, al mismo tiempo,
la distribución y, concretamente, la distribución desigual,
tanto cuantitativa como cualitativamente, del
trabajo y de sus productos; es decir, la propiedad,
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13.- Marx, K. (1859/1984) “Formas que preceden a la producción capitalista” (Formen), en Marx, K. y Hobsbawm, E. (1984), Formaciones
económicas precapitalistas. Crítica, Barcelona, 109 (el subrayado es nuestro).
14.- Marx, K. (1975), “Ökonomisch-philosophische Manuskripte”, en Feuerbach, L., Marx, K. y Engels, F., Texte zur materialistischen
Geschichtsauffassung. Ullstein, Frankfurt, 422-423 (la traducción es nuestra).
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cuyo primer germen, cuya forma inicial se contiene
ya en la familia, donde la mujer y los hijos son los
esclavos del marido. La esclavitud, todavía muy
rudimentaria, ciertamente, latente en la familia, es la
primera forma de propiedad, que, por lo demás, ya
aquí corresponde perfectamente a la definición de
los modernos economistas, según la cual es el
derecho a disponer de la fuerza de trabajo de otros.
Por lo demás, división del trabajo y propiedad privada
son términos idénticos: uno de ellos dice,
referido a la esclavitud, lo mismo que el otro, referido
al producto de ésta”15.
Hasta la redacción de El Capital, Marx utilizó la expresión
“formas de propiedad”16 para designar la citada
distribución desigual del trabajo y de sus frutos, distribución
que ha adoptado múltiples formas, alcance y
combinaciones a lo largo de la historia. La división del
trabajo en cualquier grupo humano no tiene parangón
entre las restantes especies, ya que sólo contados
casos, como algunas especies de simios superiores y
de insectos sociales, entrarían en la discusión sobre si
puede hablarse de producción y distribución previas al
consumo. En general, el resto de animales y las plantas
acceden y consumen individualmente aquello que la
naturaleza distribuye. En cambio, entre los humanos el
despliegue de la producción y la distribución de lo producido
condicionan históricamente el consumo. El desarrollo
de la división del trabajo y esa potencial y a la
vez real distribución de tareas que conlleva, genera
carencias particulares que identificamos como “necesidades”
y que, por fuerza, nunca serán del mismo orden
para todos los miembros de una sociedad. La división
del trabajo difiere la inmediatez de la satisfacción vital e
incrementa el papel social del (inter)cambio, de la
mediación. El lugar de la política se halla justamente
ahí, en la gestión de las dependencias a las que obliga
la cancelación o satisfacción de las necesidades en el
marco de una determinada división del trabajo.
La propiedad es la expresión jurídica, normativa, de un
cierto estado de cosas resultado de una apropiación
previa del trabajo ajeno y sus productos que, como
C. B. Macpherson (1970), podemos caracterizar como
“individualismo posesivo”. Por definición, la propiedad,
ya se ostente a título individual o colectivo, excluye a
otros del acceso, uso o beneficio de aquéllo que es
poseído. La propiedad es privada porque priva, excluye.
La violencia y, en especial, la física, es el recurso por
excelencia para apropiarse de otras personas o bienes.
Como señaló Marx en su primera acepción de “propiedad”,
toda sociedad establece una relación con las
condiciones materiales de las que depende su producción.
Incluso entre sociedades basadas en fuertes
lazos de solidaridad y en la apropiación comunal de la
tierra puede estallar un conflicto violento si alguna de
esas sociedades pasa a carecer de dichas condiciones
(por ejemplo, como consecuencia de una crisis ecológica),
y no encuentra otra manera mejor de procurárselas
que arrebatárselas a otras17. Sea como fuere, la
propiedad sólo sanciona mediante el derecho positivo
una cierta relación entre sujetos y cosas, y entre unos
sujetos y otros colocados en posición de cosas. El
derecho se ha dedicado a reglamentar como propiedad
las formas de distribución vigentes en cada
momento, pero es la violencia, y en especial la física, el
medio que en última instancia garantiza o suspende
tales derechos de propiedad.
La afirmación o la negación de la distribución plasmada
jurídicamente en la propiedad remiten al ámbito de la política,
mientras que su organización social y material pertenece
al ámbito de la economía. El robo, el saqueo o la
extorsión constituyen estrategias políticas y económicas
destinadas a lograr una redistribución interesada de los
recursos generados por otros grupos. De hecho la mayoría
de los Estados, incluidos los nuestros, no pueden
desvincular su origen de una u otra de estas prácticas.
Una vez formada la sociedad de clases, la división social
del trabajo y la explotación que la acompaña ha escindido
los contextos de producción, distribución y consumo,
y las formas apropiación se hacen más complejas. La
explotación laboral, el tributo, la deuda o las finanzas en
general se convierten en los nuevos instrumentos de enajenación,
diseñados para obtener excedentes cada vez
más en la propia sociedad y con menores riesgos. Ahora,
quienes ostentan la propiedad (ya sea la suma de títulos
individuales o a título de un colectivo particular como, por
ejemplo, el de los “ciudadanos”) han llegado a perder el
contacto directo con las condiciones materiales con las
que tiene lugar la producción, y su vida gira en torno al
consumo de lo producido por otros. La propiedad sobre
las cosas permite la propiedad sobre los sujetos, que
pasan a ser otras cosas más dentro del mundo de las
cosas poseídas por unos pocos. La sociedad se divide
entre aquéllos cuya satisfacción “natural” es consumir, y
aquéllos cuya vida se consume produciendo para otros.
Estas fueron las condiciones que alumbraron un hito
remarcable en la división del trabajo: la aparición de los
especialistas en el ejercicio de la violencia física, los ejércitos
y policías, destacamentos provistos de una parafer-
15.- Marx, K. y Engels, F. (1974), La Ideología Alemana. Pueblos Unidos – Grijalbo, Montevideo, 33.
16.- En El Capital, la expresión utilizada fue ya la de “modos de producción”.
17.- Seguramente, las sociedades han puesto en práctica otras soluciones con mucha mayor frecuencia ante situaciones de este tipo,
como por ejemplo la migración a terrenos deshabitados, el desarrollo de tecnologías más productivas o la reorientación de la gama de
recursos explotados.
nalia de objetos también especializados en el oficio de
destruir. Una vez alcanzada esta situación, la violencia física
ejercida por los propietarios garantiza calma, nunca
paz18. Suele decirse que la pobreza es fuente de violencia.
No es así. Es la riqueza enajenada (apropiada) la que
engendra tanto pobreza como las violencias oportunas.
En definitiva, las relaciones de producción y de propiedad
de cada momento histórico se corresponden con ciertas
formas de violencia física, pues éstas son un componente
decisivo de la vida política que afirma o niega aquellas
relaciones. La violencia física se ejercerá tanto para mantener
y acrecentar la propiedad (coerción), como para
negarla (revolución), que es tanto como cuestionar la
vigente distribución del trabajo y de sus productos.
SÍNTESIS
Los planteamientos centrados en el estudio de la violencia
física han relevado diferentes factores biológicos,
psicológicos, políticos, sociales y económicos a la hora
de explicar sus manifestaciones. Unas y otras propuestas
se apoyan en datos obtenidos en investigaciones
de diversa índole. Algunos de estos resultados
empíricos son ciertamente llamativos y sugerentes. Así,
parece que los hombres muestran una mayor propensión
que las mujeres para involucrarse en episodios de
violencia física. Por otro lado, la marginación, la explotación
social y la existencia de grandes diferencias
económicas (en términos de propiedad) en el seno de
una comunidad constituyen factores de primer orden
para desencadenar conflictos sociales. Tampoco hay
duda de que los sistemas estatales ejercen la violencia
como algo inherente a su funcionamiento. Sin embargo,
de lo anterior no se deduce que todos los individuos
en situación de marginación y desposesión reaccionen
de forma agresiva, ni tampoco que el Estado
actúe y se exprese exclusivamente mediante la violencia.
Como reconoció H. Popitz, “el ser humano no tiene
por qué actuar de forma violenta, pero puede hacerlo
siempre”19. Es innegable que las manifestaciones de
violencia física se rodean de elementos circunstanciales.
Sin afirmar que la violencia física sea aleatoria, la
dificultad para hallar determinantes unívocos e inequívocos
supone una gran obstáculo a la tarea de explicar
la enorme variedad de sus manifestaciones a lo largo
de la historia.
Una vez reconocida esta dificultad, sería demasiado
atrevido por nuestra parte pretender explicar todas las
formas de violencia física entre individuos y grupos
invocando a las relaciones de producción y propiedad
vigentes en una época y a las acciones políticas que las
apoyan o las cuestionan. No obstante, sería imperdonable
obviarlas en cualquier análisis. Proponemos que
la hipótesis que afirma que las formas de propiedad
influyen decisivamente en las formas que adopta la violencia
física en una sociedad debe ser investigada de
manera preferente. Ello obliga a tener en cuenta el
entramado de las relaciones de producción, su plasmación
jurídica en términos de propiedad y su incidencia
en el desarrollo de la actividad política. Habrá que
examinar en qué medida las relaciones entre propiedad
y política son responsables de catalizar aquellas predisposiciones
biológicas, psicológicas e identitarias
presentes en individuos y grupos pero siempre a la
espera de una motivación exterior a ellas que las desencadene.
Sugerimos, en fin, que sólo si las conexiones
entre propiedad y política se muestren insuficientes
para explicar las manifestaciones de la violencia física
se barajen otras alternativas explicativas.
LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA
DE LA VIOLENCIA FÍSICA EN LA PREHISTORIA
Las ideas sobre las modalidades, escala, frecuencia e
intensidad de la violencia física en el pasado prehistórico
han sido notablemente variadas, aunque las posiciones
al respecto se han polarizado en torno a dos
estereotipos contrapuestos (Keeley 1996). El primero
se ajusta a la idea del “buen salvaje” rousseauniano,
según la cual la humanidad precivilizada mantenía lazos
fraternos entre sus miembros, situación que comenzó
a cambiar negativamente con el advenimiento de la
Civilización y el Estado. En cierta manera, la historia de
la humanidad podría resumirse como la progresiva
degradación desde una “Edad de Oro” originaria, pacífica,
hasta un mundo cada vez más dominado por las
desigualdades, las injusticias, el poder y la brutalidad.
En cambio, el segundo estereotipo postula un devenir
opuesto. Según la concepción del “lobo hobbesiano”,
la instauración del Estado y de la vida civilizada puso
coto a los instintos naturales de los individuos, que
hasta entonces les conducían por la penosa senda de
la confrontación mutua y sin tregua. Por fortuna, la
razón humana instituyó el gobierno (edificó un Leviatán)
como instrumento destinado a garantizar la convivencia
ordenada y pacífica. De esta forma, la Civilización
propició una disminución de los conflictos interindividuales,
limitando en buena medida la violencia a la conflagración
puntual entre Estados. Desde esta perspec-
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99
18.- La célebre Pax romana era en realidad un estado de calma transitorio; la auténtica “paz” reinaba en los cementerios que tuvieron que
llenarse para propiciar aquella Pax.
19.- Popitz, H. (1986), Phänomene der Macht. J.C.B. Mohr, Tübingen, 75.
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tiva, sólo la hipotética instauración de un único Estado
global a nivel planetario garantizaría la paz entre los
seres humanos.
Una y otra perspectiva sobre la violencia física en el
pasado se fundamentan en la extrapolación de interpretaciones
basadas en observaciones etnográficas o, simplemente,
en supuestos enfocados a la justificación o
cuestionamiento del orden político de la época que los
vio nacer. Resulta significativo que la arqueología haya
tenido poco que decir con su propia voz. Durante
mucho tiempo, ha sido incapaz de dirimir el debate
mediante la presentación de pruebas concluyentes en
un sentido u otro. A todo lo más, su silencio ha tendido
a favorecer la impresión de que el pasado remoto de la
humanidad fue pacífico en sus líneas generales. Sin
embargo, en la última década dicho silencio ha comenzado
a romperse, detectándose un interés creciente por
abordar cuestiones relacionadas con la guerra y el ejercicio
de la violencia física en general (Keeley 1996;
AA.VV. 1997; Martin y Frayer 1997; Carman y Harding
1999; Milner 1999; Guilaine y Zammit 2000; Kelly 2000;
Osgood, Monks y Toms 2000; Dawson 2001; Gracia
2003; LeBlanc y Register 2003; Otterbein 2004; Albert y
Midant-Reynes 2005; Parker Pearson y Thorpe 2005;
véanse otras contribuciones en este volumen). Esta
implicación debe ser valorada positivamente porque,
más allá de los resultados que puedan alcanzarse,
emplaza la investigación sobre la violencia prehistórica
en su propio terreno temporal. El conocimiento sobre la
violencia física en el pasado no puede avanzar a base de
apriorismos o de actualismos etnográficos, sino que
debe hacerlo a partir de la investigación de las manifestaciones
materiales que le fueron propias.
Ahora bien, plantear la definición de la violencia a partir
de quienes la padecen y del conflicto en que puede
desembocar dicho padecimiento (véase supra), conlleva
atribuirle un carácter histórico. A través de los tiempos,
el criterio de lo violento ha ido elaborándose,
como no podía ser de otra forma, desde la práctica.
Muchas relaciones que se estimaron de otra forma,
adquirieron más tarde la consideración de violentas.
Piénsese en el reconocimiento reciente de la violencia
doméstica donde antes sólo se observaban conductas
patriarcales correctas. Esto nos llevaría a pensar que
“violencia” es un concepto denominador siempre en
construcción. Ahora bien, si ese carácter es cambiante,
¿es posible designar un conjunto específico de
prácticas o de acontecimientos propiamente “violentos”
para cualquier momento concreto de la Prehistoria
que nos propongamos investigar?
La respuesta es complicada, ya que podemos correr el
riesgo de identificar como violentos los actos que hoy
son violentos a nuestros ojos, pero que pudieron no
serlo en el pasado. En este sentido, y a fin de eludir
posiciones relativistas, proponemos que la investigación
arqueológica valore y profundice en dos criterios:
1. El primero es de carácter cualitativo: las manifestaciones
materiales que alertan sobre la importancia
de la violencia física en una sociedad proceden de
indicadores de diferente orden. Así, distinguiremos
entre “efectos”, “medios” y “representaciones”,
entendidos como variables independientes, que
deberían reforzarse positivamente en los casos en
que la violencia desempeñó un papel relevante. Los
efectos, la expresión material del padecimiento,
aportan los testimonios más reveladores y fiables.
Identificados los efectos, en ocasiones éstos nos
conducirán automáticamente a certificar los medios
empleados para provocarlos, mientras que otras
veces esta atribución permanecerá en el terreno de
las hipótesis. Es mucho más directo y seguro identificar
los efectos de la violencia física que proponer a
priori cuáles fueron los medios supuestamente utilizados.
La distinción planteada se asemeja a la que
diferencia entre potencia y acto. El medio, como
potencia, no deja de ser una posibilidad abierta,
mientras que el acto, el efecto, aporta la certidumbre
de una acción inequívocamente realizada. Un medio
sin efectos constatados no es más que un supuesto
medio. Todavía podremos contar con un tercer
grupo de indicadores empíricos: las representaciones
de la violencia física en acción, en las cuales se
muestra con frecuencia la combinación entre medios
y efectos. Este último ámbito permite enlazar con el
análisis de las ideologías, cuya complejidad y extensión
impide ser tratado aquí.
2. El segundo criterio tiene que ver con una dimensión
cuantitativa: las manifestaciones materiales mencionadas
en el punto anterior habrían de satisfacer ciertos
requisitos de recurrencia. Su cumplimiento permitiría
descartar que los efectos identificados
obedecieron a circunstancias accidentales y, en consecuencia,
autorizaría sugerir que en una sociedad
se produjo el tránsito desde el padecimiento individual
y subjetivo al conflicto entre colectivos organizados,
adquiriendo así la violencia un estatuto reconocido
socialmente. Cuando la recurrencia involucra
además una variedad de efectos, medios y representaciones
en el mismo lapso espacio-temporal,
cabría considerar que manifiestan un refuerzo positivo
en la dirección que acabamos de señalar.
Asimismo, el criterio de recurrencia proporciona una
medida de la envergadura y de la intensidad en el
padecimiento y el ejercicio de la violencia.
No es nuestro propósito establecer tipologías de los
materiales asociados a estos tres ámbitos de manifestaciones
(como sería, por ejemplo, clasificar los medios
de la violencia física en función de cualquiera de sus
características: armas arrojadizas, de cercanía, defensivas,
etc.). Tampoco deseamos reiterar aquí las modalidades
de violencia física reconocidas según sus objetivos,
duración, intensidad o frecuencia (violaciones,
homicidios, emboscadas, razzias, batallas, masacres,
genocidios, etc.). Del mismo modo, tampoco enumeraremos
el listado de casos documentados arqueológicamente
que ilustrarían desde el Paleolítico episodios
diversos de agresiones interpersonales, una tarea que
ha sido abordada por otros investigadores20. Nuestra
intención es invitar a una doble reflexión. En primer
lugar, sobre las diferencias epistemológicas entre las
manifestaciones materiales que acostumbramos a relacionar
con episodios de violencia física: no todas informan
de lo mismo ni en igual dirección. En segundo
lugar, acerca de los límites en que nos movemos a la
hora de identificar determinados elementos del registro
arqueológico como episodios o manifestaciones de la
violencia física.
LOS EFECTOS DE LA VIOLENCIA FÍSICA
Los elementos más fiables para abordar el tema del
ejercicio de la violencia física los aportan los materiales
que conservan estigmas de agresión. Entre los más
reveladores figuran los restos humanos. En éstos, la
información proviene de los indicios de traumas de tipo
no accidental bajo la forma de lesiones curadas o letales;
un diagnóstico que no siempre es fácil debido a
factores de diversa naturaleza (Walker 1989, 2001;
Willey 1990; Etxeberria y Vegas 1992; Etxeberria,
Herrasti y Bandrés 2005/2006; Knüsel 2005). Cuando
asociado a la lesión se encuentra el medio material
causante o la huella inequívoca del mismo, las dudas
son menores y dan pleno sentido a lo que hasta entonces
era una suposición sobre el uso de determinados
objetos. Así ocurre, por ejemplo, cuando se hallan puntas
de flecha insertas todavía en huesos del esqueleto,
o cuando se identifica el impacto de un hacha de piedra
en una bóveda craneal. Además de en el cuerpo de
los seres humanos, los efectos de la violencia pueden
quedar expresados en otros materiales, como cuando
se hallan puntas de proyectil en murallas y puertas, o
balas de catapulta y metralla en el interior de áreas
habitadas.
Determinados datos contextuales asociados a estas
manifestaciones resultan especialmente reveladores
cuando se trata de evaluar la escala, intensidad y frecuencia
de los acontecimientos violentos: fosas
comunes, campos de batalla, indicios de asedios,
sacrificios humanos en contextos funerarios21 o funerario-
públicos (restos humanos de víctimas de confrontaciones
colocados en posición de “trofeos” o
bien como escarmiento y “aviso para navegantes”). A
falta de un análisis más profundo, si los efectos se
encuentran en contextos de amortización y abandono
(un cementerio habitual, una fosa común improvisada
o simplemente cadáveres abandonados en el campo
de batalla) nos ilustran estrictamente sobre la crudeza
de la eliminación física y, de paso, sugieren que el factor
decisivo en aquella situación consistía estrictamente
en la eliminación del adversario. Si, en cambio,
los restos adquirieron la condición de símbolos visibles
y más o menos perdurables (como los cráneos
humanos atravesados por picas o exhibidos en jaulas,
y los ahorcados junto a los caminos), ello nos informa
adicionalmente sobre el valor otorgado a la comunicación
del episodio de violencia física; en otras palabras,
de la afectación, de las repercusiones buscadas
en el ámbito de lo que al inicio mencionamos como
“violencia psíquica” o intimidación.
En otros casos, es la naturaleza del propio contexto
arqueológico la que, en ausencia incluso de víctimas
humanas, da la clave para inferir situaciones marcadas
por la violencia física. Un cúmulo de destrucciones sincrónicas
por incendio seguido del abandono de diferentes
asentamientos en una región suele ser interpretado
como consecuencia de un conflicto generalizado
que se zanjó violentamente. El papel destacado de la
violencia física en la vida cotidiana suele inferirse también
cuando un determinado patrón de asentamiento
privilegia enclaves topográficos de difícil acceso y
amplio control visual, a expensas de otras localizaciones
potencialmente más ventajosas en términos de
esfuerzo para el desarrollo de las principales actividades
económicas.
Ahora bien, documentar arqueológicamente los efectos
mencionados en este apartado no suele ser sencillo
y mucho menos habitual. Las principales dificultades
afectan precisamente a los materiales más reveladores:
los restos humanos. Por un lado, es evidente que no
todas las lesiones físicas, ni siquiera las letales, dejan
necesariamente huellas perceptibles en el esqueleto.
Por otro, la incidencia de diversos factores postdeposicionales
puede ocultar o confundir dichas huellas.
Entre tales factores se incluyen algunos derivados de la
propia práctica arqueológica. No hay duda de que una
recuperación “expeditiva” de los restos humanos en la
excavación de contextos funerarios resulta fácilmente
en la desarticulación de los hallazgos, de forma que al
final sólo cabe presentar un montón de huesos rotos
por un lado y una colección de proyectiles por otro.
Una vez desconectados, la solución más manida consiste
en interpretar los proyectiles como ajuares funera-
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20.- Véase, por ejemplo, Guilaine y Zammit (2001).
21.- Los llamados “muertos de acompañamiento” (Testart 2004), ya que estos cadáveres aparecen junto a las ofrendas funerarias asociadas
al individuo homenajeado.
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rios asociados a individuos fallecidos de muerte natural.
Mucho nos tememos que esta realidad se ha dado
no pocas veces en la historia de la arqueología.
En otras situaciones, el problema se plantea a la hora
de extraer inferencias unívocas en términos de violencia
física, ya que un mismo efecto pudo responder a
factores causales de muy distinto signo. Así ocurre, por
ejemplo, con las destrucciones por incendio, que no
son incompatibles con el abandono pacífico de los
asentamientos afectados ni, por supuesto, con circunstancias
del todo fortuitas.
Tampoco es éste el último obstáculo. Otro factor que
podría haber incidido negativamente en la visibilidad
arqueológica de los episodios de violencia física, sobre
todo los de carácter más letal, tendría que ver con el
carácter mismo de este tipo de situaciones y la localización
peculiar de sus escenarios. En este sentido, cabe
imaginar que sólo en determinadas circunstancias los
caídos en asaltos, batallas y emboscadas habrían recibido
un tratamiento funerario que permitiese la conservación
satisfactoria de los restos humanos. En acciones
como éstas, las personas fallecidas quedan con frecuencia
expuestas en campo abierto o, en caso de recibir
sepultura, ésta no suele tener lugar en las necrópolis
habituales. En ambas eventualidades, la arqueología
no lo tiene nada fácil. ¿Qué testimonios materiales quedarían
de la batalla de Little Big Horn si la tradición oral
y escrita no se hubiese hecho eco del desastre del
Séptimo de Caballería? Probablemente, una vez borrado
su recuerdo, sólo una auténtica casualidad podría
haber conducido al descubrimiento de unos vestigios
que, por añadidura, serían más difícilmente detectables
a medida que el tiempo fuese transcurriendo. Sin
embargo, en las últimas dos décadas, debido a la combinación
entre un incremento espectacular en el número
de excavaciones arqueológicas y un creciente detalle
y rigor en los protocolos de recuperación y análisis de
hallazgos (sobre todo en lo que respecta a los restos
humanos), comenzamos a tener cada vez más noticias
sobre eventos de violencia física de moderada o considerable
envergadura. La fosa común que contenía a la
comunidad neolítica en Talheim (Alemania) (Wahl y
König 1987) o la que acogía a un grupo de combatientes
caídos en la batalla de Towton (Inglaterra) (Fiorato,
Boylston y Knüsel 2000) constituyen ejemplos recientes
de hallazgos afortunados.
En suma, hay indicios para suponer que los efectos de
los episodios más extremos y letales de la violencia física
pueden hallarse infrarrepresentados en el registro
arqueológico. Así, pese a la relativa escasez de inequívocos
acontecimientos violentos documentados
arqueológicamente hasta el momento (Chapman
1999), sería razonable conceder el beneficio de la duda
a quienes defienden que los episodios de violencia física
no fueron tan infrecuentes durante la Prehistoria
como pudiera parecer. De todas formas se impone la
cautela, ya que esta duda no mejora la actual ambigüedad,
rareza o muchas veces simplemente ausencia
de testimonios susceptibles de indicar situaciones de
violencia física.
LOS MEDIOS DE LA VIOLENCIA FÍSICA
Usados con la debida contundencia, acierto, ingenio o
habilidad, muchos objetos pueden causar daño físico o
incluso la muerte a un ser humano. Algunos artefactos
han sido diseñados, producidos y empleados específicamente
para intervenir en el ejercicio de la violencia
física, ya sea protegiendo o evitando el contacto lesivo,
o bien incrementando el alcance y los efectos traumáticos
del mismo. Cuando en arqueología hallamos
dichos artefactos manifiestamente en contacto con sus
efectos, merecen en propiedad ser denominados
“armas”. Hablaremos de “armas especializadas” cuando
no se conozcan otros usos para el artefacto en
cuestión, y de “armas” a secas en caso contrario.
Las armas así identificadas, ya sean especializadas o
no, pudieron adoptar en el pasado una función significante
añadida. Dando por sentada esta posibilidad,
resulta bastante frecuente en arqueología que artefactos
tradicionalmente vinculados con la violencia física
como, por ejemplo, fortificaciones y espadas, sean
interpretados de manera preferente como símbolos de
identidad o de prestigio. Ahora bien, en los casos en
que hayan sido hallados en conexión con sus efectos
(una fortificación atacada, una espada con huellas de
haber sido utilizada en combate), esta interpretación
siempre estará subordinada a la denotación más clara
y directa como medios de la violencia física. La dimensión
simbólica connotada pudo haber existido en esos
artefactos, pero supeditada a su efectividad como
armas. El carácter hipotético de la interpretación en
clave simbólica se mantendrá también cuando no se
haya observado la citada conexión con sus efectos
(una fortificación sin indicios de haber sido atacada;
una espada sin huellas de uso). No hay que perder de
vista que, en rigor, ignoramos si esos elementos materiales
fueron utilizados como símbolos y, en caso de
que consigamos saber que lo fueron, resta todavía por
enunciar la carga semántica que les fue asignada. En
este sentido, suponer que algo contribuyó a la construcción
de la identidad de un grupo o a la ostentación
del prestigio de un individuo, resulta en principio tanto
o más arbitrario como atribuirle otros significados de
signo opuesto, como pueden ser la denotación de
odio, dominio, división y terror. Así pues, si no median
otros argumentos y elementos en este análisis, unas y
otras interpretaciones nos dirán más sobre la ideología
de quien escribe que sobre una pretendida realidad
pretérita.
La reunión espacial de armas “arrastra” otros objetos y
muta su significado. Transforma el esqueleto individual
en guerrero o soldado; el caballo en caballería; el asentamiento
en acantonamiento o guarnición. Los medios
permiten visualizar a los agentes que ejercen la violencia
física.
LAS REPRESENTACIONES DE LA VIOLENCIA
La Prehistoria nos ha legado un gran número de símbolos
que evocan objetos y acontecimientos relacionados
con la violencia física. Los grabados que representan
plausiblemente armas especializadas, como
espadas, alabardas, escudos o lanzas (recuérdense a
título ilustrativo las estelas del Alto Adige o las del
Bronce Final del Sudoeste de la península Ibérica)
hacen hincapié en medios previsiblemente empleados
para el ejercicio de la violencia. En cambio, otro tipo de
manifestaciones nos muestran los medios en acción,
siempre y cuando aceptemos la premisa de que las
escenas identificadas representan fielmente acontecimientos
reales o bien que hacen referencia figurada a
los mismos. Así, por ejemplo, las batallas y presuntas
ejecuciones del arte rupestre levantino se incluirían en
el primer grupo, mientras que la célebre escena central
de la Paleta de Narmer, en que el faraón se dispone a
golpear a un enemigo vencido, lo haría en el segundo
supuesto.
Las representaciones de la violencia pueden haber
desempeñado un papel destacado en la intimidación
y/o en la formación de ideologías; es decir, en la comunicación
de la capacidad afectiva de los actos efectivos
de violencia física (véase supra). En este sentido, remitirían
a los dominios de la “violencia psíquica” y de la
“violencia del discurso o simbólica”, ya sea enalteciendo
el papel de los ejecutores de la violencia física como
advirtiendo de lo que se reserva a quien se haga acreedor
a padecerla.
En cualquier caso, dado que toda representación se
basa en códigos de significación compartidos, no sería
aventurado afirmar que cuando tales representaciones
vehiculan elementos relacionados con situaciones de
violencia física es que ésta ya es reconocida socialmente
como tal; es decir, expresa un conflicto.
Por último, es importante señalar que la capacidad
afectiva de la violencia física puede atenuar la recurrencia
con que ésta llega a manifestarse. La violencia
física, padecida o ejercida, supone gasto, consumo, a
veces irreparable. El miedo, o su expresión ampliada
a terror, suele ser más “barato” y, sobre todo, potencialmente
más ventajoso que el puro y simple homicidio.
Graduar la tasa de homicidios efectivos para
lograr un máximo rendimiento en afectación terrorífica
es una máxima política válida, cuando menos, para
las sociedades documentadas históricamente, incluida
la nuestra.
NOTAS PARA UNA INVESTIGACIÓN
ARQUEOLÓGICA DE LA VIOLENCIA
La violencia física, unidireccional o ampliada a conflicto,
no produce en sí misma nada material. Al contrario,
amortiza o destruye cosas. Consume. La expresión la
“guerra como industria” sólo posee un sentido figurado,
pues la guerra afecta propiamente a la distribución
(botín, reparaciones, etc.), no al ámbito de la producción
que define en rigor una industria propiamente
dicha. La violencia física halla su lugar entre las prácticas
socio-políticas (Castro et alii 1996) y carece de
lugar en las producciones de la vida social (de hecho,
es su antítesis) (Castro et alii 1998). Sin embargo,
puede intervenir sobre ellas y con frecuencia se materializa
con la ayuda de los productos de las mismas
(armas, pertrechos, etc.). De esta manera, condiciona
otras relaciones y cosas futuras.
El estudio arqueológico de las manifestaciones de la
violencia física nos informa en primera instancia sobre
el signo de las relaciones políticas en una época determinada22.
A fin de elaborar este diagnóstico, es preciso
que la materialidad arqueológica responda a una serie
de interrogantes:
• ¿Quién padece la violencia física?
• ¿Es reconocible un nivel suficiente de recurrencia
como para excluir toda accidentalidad o excepcionalidad
en el funcionamiento de una sociedad?
• ¿Rebasó el padecimiento unidireccional o desembocó
en un conflicto abierto?
• ¿Podemos identificar las partes en conflicto?
• ¿Con qué medios y de qué forma (periodicidad,
intensidad, extensión) tuvieron lugar los episodios de
violencia física?
A la hora de encontrar respuestas, la prioridad inferencial
corresponde a los materiales arqueológicos que
reflejan efectos. Además, será crucial en la valoración el
que efectos y, eventualmente, medios y representaciones
sean variados y que se refuercen positivamente.
Así, en una hipotética situación que combinase la presencia
de huesos humanos con estigmas, niveles de
incendio en asentamientos, proliferación de armas y
representaciones de las mismas, resultará factible
argumentar que la violencia física tuvo un lugar reconocido
en las relaciones políticas y sociales. A partir de
LA INVESTIGACIÓN DE LA VIOLENCIA: UNA APROXIMACIÓN DESDE LA ARQUEOLOGÍA
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103
22.- La imposibilidad de observar efectos, medios y representaciones de la violencia física en el registro arqueológico de un espacio y un
tiempo dados, llevará a concluir, cuando menos provisionalmente, que la violencia física no tuvo lugar en el desarrollo de la vida social de
aquella población.
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ahí, se tratará de poner en claro agentes, medios, formas
y todo aquello que complete la expresión de su
desarrollo.
Ahora bien, la investigación no debería detenerse ahí.
Hemos propuesto anteriormente una estrecha vinculación
entre política y propiedad, entendida ésta como la
expresión jurídica del lugar que ocupan diferentes grupos
sociales en las relaciones de producción. De ahí
que sea epistemológicamente insuficiente una eventual
“arqueología de la violencia”, ya sea limitada a la
exhaustiva descripción factual de los acontecimientos
violentos23, o ya sea orientada a establecer comparaciones
transculturales a la búsqueda de constantes o
regularidades generales24. En su lugar, hay que extender
la interrogación hacia otros ámbitos de la vida
social y, además, correspondientes a diversas temporalidades
dentro de una misma trayectoria.
• ¿Qué efectos tuvieron tales o cuales manifestaciones
de la violencia física en las relaciones de producción (en
la división del trabajo, en la distribución y consumo de
lo producido)? ¿Qué relaciones contribuyó a mantener?
¿Qué nuevas relaciones ayudó a configurar?
Una vez exploradas estas conexiones será el momento
de abrir la investigación a otras formas de violencia.
Las violencias de signo “moral”, “simbólico” o “discursivo”
deberán ser propuestas con más cautela pues, a
diferencia de la física, es muy difícil identificar a ciencia
cierta sus efectos y, por tanto, plantear siquiera la hipótesis
de que tales violencias acaecieron realmente. El
análisis se centrará en los medios, pudiendo abarcar
desde aspectos iconográficos hasta la valoración del
rango de variabilidad en la producción material (a modo
de “termómetro” de la tolerancia social respecto a las
posibilidades de selección y de acción subjetiva).
Cabría vindicar aquí que todo aquéllo que se interprete
de entrada como testimonio de violencia moral o simbólica
explicite en qué violencia física previa se apoya o
hace valer: es decir, en qué violencia física se sustentan
la intimidación, la coacción o, en los términos foucaultianos
tan al uso hoy en día, “la construcción de los
sujetos”. De lo contrario, no será posible excluir que
aquello calificado como violento sea en realidad un
resultado del acuerdo y del convencimiento pacíficos.
Las espadas siguen en alto entre rousseanianos y hobbesianos,
y mucho nos tememos que así seguirán
indefinidamente, ya que la generalidad de la pregunta a
la que ambas posturas extremas tratan de responder
(¿cuál fue el grado de la intensidad de la violencia en la
Prehistoria?) dificulta sobremanera hallar una respuesta
clara y concluyente. En pos de este objetivo, la investigación
se ha volcado en la detección, compilación y
valoración de pretendidas manifestaciones transrregionales
y transtemporales de la violencia o la guerra, considerando
que la lista resultante de episodios es representativa
de una globalidad llamada “Prehistoria”. No
obstante, dada la enorme amplitud de esta supuesta
globalidad de amplitud prácticamente inabarcable (la
“Prehistoria”), tal vez sería más fructífero aparcar aquella
pregunta y centrar nuestros esfuerzos en construir
unas pautas teórico-metodológicas aplicables al análisis
en casos o trayectorias sociales concretas, universos
mucho más fáciles de abordar y aprehender, y
capaces de proporcionar respuestas más fiables.
VIOLENCIA FÍSICA: INVESTIGACIÓN Y MORAL
El creciente interés por el estudio de la violencia no
resulta casual, ya que ésta, en cualquiera de sus expresiones,
se encuentra cada vez más presente y visible a
nuestro alrededor. Que el suelo de Europa y de los
Estados Unidos se haya convertido en teatro de operaciones
de conflictos internacionales (desde la guerra
en la antigua Yugoslavia hasta el 11-S o el 11-M) constituye
uno de los factores para explicar el rebrote del
interés occidental por la violencia en general y la guerra
en particular, fenómenos que durante décadas habían
procurado ser trasladados a las periferias del Tercer
Mundo. Por uno u otro motivo, en los actuales tiempos
del capitalismo globalizado la estrategia de la violencia
y del miedo constituye un importante mecanismo para
el control y para la represión de alternativas políticas y
económicas. Los gobiernos de los Estados capitalistas
más poderosos alientan un discurso centrado en la
“seguridad” que favorece ante todo el control policial
sobre la población, unas inversiones militares sin precedentes
y beneficios multimillonarios a un puñado de
empresas multinacionales.
En este contexto, afirmaciones tales como “la violencia
no conduce a nada”, “la violencia es una sinrazón”
o “la violencia es inhumana”, transmitidas con frecuencia
por los medios de comunicación de masas,
promueven abiertamente la ignorancia. La violencia
en todas sus formas y, especialmente, la violencia física
a gran escala, es una práctica humana que ha incidido
de manera destacada en el desarrollo de
muchas sociedades. Si todavía abrigamos alguna
esperanza de que el conocimiento pueda ser un instrumento
útil para la emancipación social, es preciso
identificar y explicar las condiciones en que la violen-
23.- Una arqueología centrada en lo que podríamos llamar los “gestos de la violencia”, a imagen del hiperempirismo que anima la reconstrucción
de los “gestos funerarios” en el campo de la “arqueología de la muerte”.
24.- Según un método especialmente caro a la arqueología procesual y que mantiene su vigencia en los actuales tiempos postprocesuales.
cia surge y se desata; es decir, hay que abordar la violencia
como campo de investigación, más que lamentarnos
ante su pretendida fatalidad.
¿A qué nos relega hoy en día la ignorancia tan a menudo
promovida desde instituciones y medios de comunicación?
Hemos tenido ocasión de comprobarlo con
especial claridad e intensidad a raíz de la invasión de
Irak en el año 2003: pasear en manifestación, concentrarnos
en silencio a horas convenidas, encender velas,
reflexionar, concienciarnos, testimoniarnos…en una
palabra, nos relega a rezar. Rezar, en la fe y esperanza
inútiles de que nuestras plegarias pacifistas surtirán el
efecto de enmudecer los cañones y aturdir a las bombas
“inteligentes”. Dado que la única respuesta que
nuestros Estados nos conceden es la plegaria, deberíamos
afirmar que no vivimos en una democracia políticamente
participativa, ni siquiera representativa (con
frecuencia no estamos seguros de a quién representan
“nuestros” representantes), sino que habitamos en una
democracia formal que cabría adjetivar como “cristiana”.
Las “democracias cristianas” capitalistas no
fomentan la participación ciudadana efectiva con conocimiento
de causa, sino que sólo toleran la oración y el
recogimiento, reduciendo la “participación ciudadana”
a multitudinarios ejercicios espirituales de cuestionable
incidencia en las decisiones políticas efectivas25.
Hay que rebelarse contra la actual moral de la ignorancia,
pero también contra la interferencia moral en la
investigación de la violencia. Un ejemplo de ello lo brinda
el uso del término “terrorismo”. Hoy en día, los
Estados usan esta palabra para calificar a su antojo las
acciones que consideran que atentan contra ellos,
desde una pintada en una pared a un coche bomba. Al
hacerlo, pretenden colocar a otros en el papel de ejecutores
y, por ende, a los Estados como únicos protectores
de la sociedad. Así, el Estado combate a “los
violentos”, a quienes además atribuye la intolerancia,
un mal psicológico, como principal móvil de sus acciones.
Esta estrategia discursiva tiene como objetivo la
ocultación de la violencia propia de los Estados, tal y
como la capucha ocultaba burdamente la del verdugo.
Sin embargo, tanto aquella violencia o supuesta violencia
tildada ideológicamente de terrorista, como la violencia
terrorífica ejercida cotidianamente por los
Estados, son manifestaciones sociales que deben ser
investigadas en sus efectos, medios, representaciones
y consecuencias a todo nivel. Es preciso poner en cuarentena
términos interesados como “terrorismo”, y
someterlos a un escrutinio crítico. “Terrorismo”, en
cuanto diagnóstico de una situación de conflicto, debería
ser, si acaso, la conclusión de un análisis, nunca una
de sus premisas. En su materialización efectiva, la violencia
nada tiene que ver con la moral; la moral se
ocupa, en todo caso, de elaborar ideologías para descalificar
las prácticas que van en sentido contrario al
que se quiere defender. La violencia y, sobre todo la
violencia física, es un producto de nuestra historia.
Corresponde tenerla en cuenta para conocer las sociedades
y su devenir. Una vez convertida en moneda de
cambio, sentida y sabida por todos, ocultarla o estigmatizarla
desde la moral sólo favorece hoy en día a
quienes la ejercen real y masivamente desde la seguridad
de despachos y residencias.
¿ES FACTIBLE EL FINAL DE LA VIOLENCIA?
Como hemos subrayado más arriba, no hay bases históricas,
biológicas o psicológicas para sostener que la
violencia física sea un elemento innato o una actitud
inevitable del ser humano. Ninguno de sus aspectos
ontológicos obliga a resignarnos a concebir la violencia
como un aspecto consustancial, universal u omnipresente
de la historia. La violencia es una expresión fenomenológica
recurrente en determinadas circunstancias,
sobre todo políticas y económicas, más que un destino
inherente a la especie. Su lógica se encuentra en
otros lugares, entre los cuales hemos destacado el de
las políticas que acompañan a ciertas relaciones de
producción y de propiedad. Por tanto, la pregunta por
y la búsqueda de unas condiciones que fijen la inevitabilidad
intrínseca de toda forma de violencia física es un
ejercicio posible y, si se quiere, hasta necesario, no un
deseo romántico o una mera ilusión utópica. El pacifismo
real no consiste en evitar la guerra por principio,
sino en imaginar y luchar por condiciones materiales
bajo las cuales la violencia pierda su razón de ser.
También conviene tener presente que un estudio de la
violencia en sí puede tener un sentido político de sensibilización
hacia las víctimas, pero será incapaz de
abordar las condiciones que la facilitan. Un acercamiento
“objetivo” requiere analizar las estructuras
sociales e individuales en las que se activa o anula la
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25.- Las manifestaciones ciudadanas contra la invasión de Irak a principios de 2003 constituyen un buen ejemplo de ello. Millones de personas
nos manifestamos repetidamente en contra de la agresión y de la participación española en la misma propugnada por el gobierno
del Partido Popular. No se recordaba en mucho tiempo un clamor semejante por motivos políticos. Sin embargo, estas masivas muestras
de rechazo a la intervención armada no pudieron impedirla. El Estado Español participó inicialmente en la invasión con tropas sobre el
terreno y con un apoyo político sin fisuras a la coalición agresora liderada por los gobiernos de EE.UU. y Gran Bretaña. Tan sólo se apeó
de la guerra tras sentir en su territorio la violencia reactiva en forma de una cadena de bombas detonadas en trenes atestados de viajeros.
Esta respuesta brutal sólo es comparable a la padecida (y largamente augurada antes del inicio de las hostilidades) por la mayoría de
la población iraquí desde la invasión.
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agresividad interpersonal. Está en el ámbito de la crítica
social y en la arqueología, entre otros, explorar sus
elementos tanto de aceleración como de contención.
El principal objetivo de este ensayo no ha consistido en
idear soluciones o alternativas de futuro para construir
una sociedad sin violencia, sino en clarificar el campo
semántico de este concepto y en sugerir vías para
abordar su investigación desde la arqueología. No obstante,
ciertos elementos surgidos a lo largo de la argumentación
previa podrían contribuir a una reflexión que
encauce en la práctica determinados deseos de cambio
social.
Hemos propuesto que la violencia, cuando menos la
física, obedece a varios condicionantes. El prioritario
tiene que ver con las relaciones de producción y de
propiedad y las políticas que las acompañan. El actual
sistema económico capitalista se basa en el axioma de
que los beneficios privados pueden y deben crecer de
forma ilimitada. En la práctica, ello está provocando
desajustes con la función normativa estatal, que se
manifiesta en forma de leyes de protección del medio
ambiente, de regulación laboral, de igualdad de géneros,
etc. Como consecuencia, el propio sistema económico
trata ahora de desmantelar o, cuando menos,
de reformular, los Estados instituidos hace varios siglos
con el fin de velar por la inviolabilidad de la propiedad
privada de las llamadas burguesías nacionales. En el
presente, la burguesía globalizada depende cada vez
menos de los Estados tradicionales para llevar adelante
su política. Sin embargo, ahora, como antes, esta
política incluye el uso de la violencia. La proliferación de
“guerras privadas” y de lo que algunos denominan
“terrorismo” es el síntoma de la superación de una
época en la que los Estados monopolizaban el ejercicio
de la violencia en el interior y en el exterior de sus fronteras,
fieles a la definición clásica que de ellos propuso
M. Weber. El impulso por continuar con un crecimiento
económico ilimitado conlleva, por tanto, formas de violencia
igualmente ilimitadas, sea para subyugar y exterminar
como para resistir y destruir. Del choque inevitable
de ambas fuerzas al alza, surge la “seguridad”
como una mercancía cada vez más escasa, es decir,
de la que menos personas van a poder beneficiarse.
Otro condicionante de la violencia actual reside en el
profundo desarrollo de la división del trabajo en nuestra
sociedad, unido a una creciente mecanización que
contribuyen tanto a generar un nuevo sujeto pasivo y
enajenado de las condiciones globales de la vida
social, como una nueva tecnología para el ejercicio de
la violencia física. No sólo la distancia vital entre los
seres humanos y la pérdida de la comprensión de los
nexos económicos y sociales de sus actividades productiva
y consuntiva, sino también la disciplina y racionalidad
mecánica aprendidas por la clase explotada en
talleres, fábricas y oficinas, facilita el ejercicio de la violencia
en sus formas más extremas, como la guerra.
Además, los nuevos tipos de armamentos “inteligentes”
y teledirigidos alejan cada vez más al ejecutor de
sus víctimas. La mayoría de la población de los países
capitalistas centrales vive indiferente al daño ajeno que
los propietarios transnacionales provocan sin cesar.
El diagnóstico que acabamos de trazar puede antojarse
pesimista, pero no debería ser tomado como una
invitación al inmovilismo. De hecho, se abren espacios
y oportunidades para producir sociedad al margen de
la enajenación del trabajo asalariado, que superen la
pérdida de referentes de convivencia: estructuras de
producción y de distribución cooperativas; redes de
distribución que eliminan intermediarios y que favorecen
factores de proximidad; el fomento de apoyos
vecinales en servicios y atenciones que pongan coto a
la colonización empresarial de la vida cotidiana; la ocupación
de tierras y viviendas en manos de especuladores.
Estas y otras iniciativas en las que dejan de regir las
leyes del capital fomentan alternativas materiales a la
expansión del mercado capitalista y al maltrato social
que éste suele ocasionar.
Lo dicho vale para el campo de las relaciones de producción
y de propiedad, pero también hay margen para
nuevas maneras de hacer política. Más arriba hemos
apuntado que los Estados han protagonizado el desarrollo
de la política y que en su agenda, oculta o no, ha
figurado la violencia como recurso fundamental. Sin
embargo, la política siempre ha admitido medios como
el consenso, el consentimiento y el acuerdo, aunque en
sus itinerarios habituales de hoy en día haya perdido a
muchos de ellos. La tarea estriba entonces en alentar
espacios o ámbitos políticos que no recurran al uso de
la violencia: grupos autogestionados con objetivos educativos,
sanitarios, de cooperación e implicación social,
etc. Recordemos una vez más que el final de la violencia
no tiene por qué equivaler al final de la política.
Ahora bien, tampoco conviene olvidar que la creciente
violencia de quienes ostentan el poder económico
actual está siendo contestada por rivales emergentes
en diferentes partes del mundo, que no incluyen precisamente
en su programa la emancipación del género
humano. Es previsible que la violencia de distinto signo
y en aumento nos seguirá acompañando a corto y
medio plazo, aunque sea imposible aventurar qué
papel nos tocará jugar en ello. Acabamos de comentar
que la construcción de sistemas de producción y consumo
al margen del capitalismo, y de ámbitos políticos
al margen de la violencia contribuyen a crear sociedad
eludiendo los cauces marcados por los intereses dominantes.
Ignoramos cuál será el grado de tolerancia
frente a estas iniciativas, pero las clases dirigentes no
renunciarán a sus privilegios sin oponer resistencia, tal
y como la historia reciente nos ha enseñado en repetidas
ocasiones. Está fuera de nuestra capacidad predictiva
señalar quienes serán capaces de arrebatárselos
y de edificar una nueva sociedad.
PALABRAS FINALES
A lo largo de este ensayo, hemos insistido en que el
padecimiento es el único referente seguro para hablar
de violencia. También hemos sugerido que la violencia
y, en particular, la violencia física en tanto condición de
posibilidad para otras formas de violencia, se halla
influida decisivamente por las políticas en torno a las
relaciones de propiedad y de producción dominantes
en cada momento. Señalamos asimismo que, cuando
la violencia desemboca en conflicto, se convierte en
moneda de cambio en una sociedad, se instituye también
como criterio denominador y abre su territorio
semántico en función de concepciones morales e ideológicas
que, a partir de entonces, identifican agravios,
faltas, castigos, ofensas o agresiones en acontecimientos
y circunstancias de muy distinta índole.
La arqueología debería esforzarse por ignorar el
estruendo de estas palabras y centrarse en conocer el
peso de la violencia (si es que lo tuvo) en la producción
de la vida social de los grupos objeto de estudio. El
referente primario de la violencia es el padecimiento, y
el padecimiento, cuando hablamos de violencia física,
deja efectos materiales. De ahí que la arqueología se
halle en disposición de investigarla. Hemos dividido
entre efectos, medios y representaciones el conjunto
de materiales susceptibles de abordar dicha investigación.
Además, planteamos que tales evidencias materiales
deben atenerse a criterios de recurrencia, variedad
y refuerzo positivo o convergencia, para que, de
cumplirse, resulte justificado identificar la violencia
como un medio plenamente social en una época dada.
El potencial cognoscitivo de la arqueología no se limita a
trazar los contornos de la violencia física, sino que puede
adentrarse en sus dimensiones intimidatorias o alienantes,
es decir, en los afectos producidos por los efectos
materiales de la violencia física. La trayectoria de la investigación
arqueológica habría de ser ésta y no la contraria:
si carecemos de evidencias materiales relativas a efectos
y medios, cualquier interpretación que pretenda ver violencias
en el pasado y enfatizar el “poder” como su motivo,
en realidad tal vez estará proyectando nuestro violento
presente sobre un pasado mucho menos ingrato.
AGRADECIMIENTOS
Las reflexiones contenidas en este ensayo han surgido
al amparo de diversas líneas de investigación integradas
en los siguientes proyectos:
– “Grup de Recerca d’Arqueoecologia Social
Mediterrània”, Direcció General de Recerca de la
Generalitat de Catalunya (código 2005SGR01025).
– “Arqueología de los conjuntos funerarios del Grupo
Argárico. Economía, política y parentesco en las comunidades
prehistóricas del sudeste de España (2250-
1500 antes de nuestra era)”, Ministerio de Educación y
Ciencia (código BHA2003-04546).
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