El crítico literario Terry Eagleton (1987) trata de definir el término así: «Existe quizás un cierto consenso según el cual el típico artefacto posmodernista es leve,
auto-irônico y hasta esquizoide; y reacciona
a la autonomía austera del alto
modernismo adaptando de manera
imprudente el
lenguaje del comercio y de la mercancia. Su posición
con respecto a la tradición cultural es la
de un pastiche irreverente,
y su artificial superficialidad socava toda solemnidad
metafísica, en
ocasiones mediante una estética brutal
de suciedad y shock».
Con una óptica más positiva, los
redactores de la revista de arquitectura
PRECIS
6 (1987, págs. 7-24) consideran al posmodernismo
como una reacción legítima a la «monotonia» de la concepción
modernista del mundo. «El
modernismo universal, concebido por lo
general como positivista,
tecnocéntrico y racionalista, ha sido identificado
con la creencia en el progreso lineal, las verdades absolutas,
la planificación racional de regímenes sociales ideales y la
uniformización
deI conocimiento y la producción». EI
posmodernismo, por el
contrario, privilegía la heterogeneidad y la diferencia como fuerzas
liberadoras en la redefinición del discurso cultural». Fragmentación,
indefinición y descreimiento profundo respecto de todos los discursos
universales o totalizantes (para utilizar la frase en boga)
son las marcas distintivas del pensamiento posmodernista. El redescubrimiento
del pragmatismo en filosofia (p. ej. Rorty, 1979), la
transformación de las ideas sobre la filosofia de la ciencia
propuesta
por Kuhn (1962) y Feyerabend (1975), el énfasis de Foucault en
la
discontinuidad y la diferencia en la historia, y el prívilegío
que este
otorga a «las correlaciones polimorfas en lugar de la causalidad
simpIe
o compleja», los nuevos
desarrollos de las matemáticas que destacan
la indeterminación (catástrofe y
teoría deI caos, geometría
fractal), la
reaparición de la preocupación por la ética, la política y la
antropología, por el valor y dignidad del «otro», todo indica un
cambio
extendido y profundo en la «estructura del sentimiento». Estos
ejemplos tienen en común un rechazo
por los «meta-relatos» (grandes
interpretaciones teóricas de aplicación
universal), lo que lleva a
Eagleton a completar su descripción del posmodernismo de este
modo:
«El posmodernismo señala
la muerte de estos
"meta-relatos" cuya
función secretamente terrorista era
fundar y legitimar la ilusión de
una historia humana
"universal". Estamos ahora en el proceso de
despertar de la pesadilla de la modernidad, con su razón
manipula-
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dora y su fetiche de la totalidad, al pluralismo desmantelado de lo
posmoderno, ese espectro heterogéneo de estilos de vida y juegos
de lenguaje que ha renunciado a la instigación nostálgica de
totalizarse
y legitimarse a si mismo (...) La ciencia y la filosofía deben
desembarazarse de sus grandiosas afirmaciones metafísicas para
verse a sí mismas con más humildad, como otro conjunto de narrativas
».
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